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viernes, 15 de febrero de 2019

EN BUSCA DEL HÚNGARO PERDIDO

ILUSTRACIÓN DE LUIS MENDO  
El húngaro András Toma fue reclutado en su pueblo por los nazis, marchó al frente y fue dado por muerto en la Segunda Guerra Mundial. Pero estaba vivo. Tras más de 50 años en un psiquiátrico ruso, su historia salió a la luz y Hungría solicitó repatriarlo. El escritor Emmanuel Carrère viajó a conocer a András Toma el día de su regreso a casa. En 2001 narró el encuentro en este reportaje. El relato forma parte de ‘Conviene tener un sitio adonde ir’ (Anagrama), un libro que recopila ensayos y textos periodísticos del autor de ‘Limónov’.
Nyíregyháza, en el este de Hungría, es una ciudad tranquila, rodeada de una nube de aldehuelas verdeantes. A una de ellas debe regresar hoy András Toma, el último prisionero de la segunda guerra mundial, al cabo de 56 años de ausencia. Son las diez de la mañana, no se le espera antes de mediodía, acabamos de llegar a Budapest y vagamos a la ventura de los caminos vecinales, saludados por cacareos de corral. No nos preocupamos demasiado: el primer lugareño que encontremos sabrá forzosamente dónde va a celebrarse el acontecimiento./
El primero que encontramos es una anciana que, apoyada en su bastón, toma el sol delante de su portal. ¿Conoce la casa de la familia Toma? La conoce, por supuesto. Y, por casualidad, ¿no habrá conocido también al propio András Toma, antes de que se fuera a la guerra?
Una risa fresca y bonita, casi una risa de muchacha: “¿Si le conocí? Fue el que me dio el primer beso, cuando yo tenía 16 años”.Cuando sólo se escribe un reportaje y oyes estas cosas, al principio se te caen los brazos y luego los levantas y reanudas la conversación. Un reportaje para la televisión es distinto: en cuanto se te caen los brazos se te quedan caídos, ya no filmarás lo que no has filmado en el buen momento, y una frase de ensueño así, soltada cuando estás desprevenido, constituye una pequeña catástrofe. Cuando Geza, nuestro intérprete, nos traduce lo que acaba de decir la anciana, Alain y Jean-Marie se han mirado y luego han dicho al unísono: “Alto, alto, alto, que se calle”, se han precipitado hacia el maletero del coche y, 30 segundos más tarde, cámara y micro en ristre, han pedido que le digan a la señora si tiene la amabilidad de repetirlo. Esta respuesta es, por tanto, la única de todo nuestro reportaje que, como en la dirección de una película, ha requerido dos tomas.
Erzebet reveló ser una actriz de excelente voluntad. 
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jueves, 14 de febrero de 2019

EL CUENTISTA FEO


Mal parecido, alto y desgarbado, Hans Christian Andersen fue agraciado, en cambio, con una imaginación portentosa. Hoy, el mundo entero conmemora los 200 años del nacimiento del autor de los más bellos cuentos.

Jordi Soler

Hace doscientos años, el 2 de abril de 1805, a la una de la madrugada, en un barrio marginal de Odense (Dinamarca), nació, sobre una cama que su padre había construido con los restos de un ataúd, Hans Christian Andersen. Aquella cama matrimonial, según cuenta Jackie Wullschlager en la biografía del escritor, conservaba en algunas partes esa felpa negra que se pone en las cajas de muerto para que el último viaje no se haga sobre la tabla viva. El padre de Hans era zapatero y tenía, según su hijo, "una imaginación verdaderamente poética". Su madre, en cambio, era una lavandera iletrada que después del parto, en cuanto pudo ponerse en pie, corrió a consultar con su amiga la adivina el futuro del pequeño Hans: "Algún día, Odense será iluminado por él", dijo como respuesta aquella adivina de turbante amarillo, abrigo de piel de conejo y una boca profética en la que no había ni un solo diente.
En su autobiografía, que lleva el título sarcástico de El cuento de hadas de mi vida, Christian Andersen establece los dos vectores de su infancia: "Mi padre me leía mucho y me daba libros que yo devoraba. Nunca jugué con otros niños, siempre estaba solo". A aquella soledad con libros hay que añadir la miseria en que vivía, su fealdad física y su hipersensibilidad para tener un panorama aproximado de lo que fue la infancia de aquel niño mal parecido, afeminado, alto hasta la desproporción, cuyos terrores patológicos le producían unos ataques de histeria que le hacían convulsionarse, tanto que más de un médico le diagnosticó epilepsia. A los once años, como si sus atribulaciones fueran pocas, murió su padre y él tuvo que ponerse a trabajar primero de ayudante de sastre y después en una fábrica de cigarros. Cuando Christian Andersen cumplió sesenta años, el escritor inglés Edmond Gosse hizo esta descripción suya: "Sus piernas y sus brazos son largos, delgados y fuera de toda proporción; sus manos, anchas y planas, y sus pies son tan gigantescos que nadie piensa en robarle las botas. Su nariz es, digamos, de estilo romano, pero tan desproporcionadamente larga que domina toda la cara; cuando uno se despide de él, su nariz es definitivamente lo que uno se queda recordando".




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