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martes, 31 de mayo de 2022

"EL RACISMO SE CURA VIAJANDO"

 

Lo que aprendí cuando me mudé a Estados Unidos y dejé de ser percibida como blanca

El racismo es una herida siempre abierta que hay que observar y desinfectar constantemente. Y que en el momento menos pensado puede volver a abrirse



“El racismo se cura viajando”. Esta frase, atribuida a Unamuno (aunque no se sabe a ciencia cierta quién la dijo) estuvo durante varios años escrita con pintura roja en un muro del madrileño barrio de Lavapiés. Recuerdo pasar junto a ella y sentir cierto desagrado, escapárseme incluso un gesto de desdén. Me parecía —y me parece— una frase motivacional de mochilero que en su camino hacia el Machu Picchu se detiene un momento en un pueblo, se toma un café con un señor del lugar que conoce en el camino, se saca una foto con él. Después la cuelga en las redes: “Aquí, con el amigo Juan, hablando de la vida”. A Juan no lo vuelve a ver, y del Machu Picchu le quedan al viajero dos o tres pinceladas en el alma, nada más, así que quizás mejor se hubiese quedado sentado en un banco en el parque de su barrio, observando a los pájaros.

Hay una violencia en el viaje —”Lugar desconocido, ofréceme experiencias decisivas, transfórmame, sorpréndeme, diviérteme, hazme otro”— que, más que a un proceso de exploración y perfilamiento del carácter, lo asemeja a la exigencia de una señora que va a un spa buscando que la descontracturen. Pero no hace falta arremeter contra el ya bien vapuleado viajero que es turista, turista que se cree viajero (y casi da igual, porque lo mismo es uno que otro, y porque ese viajero lo hemos sido casi todos). Si me apuras, casi cualquier viaje, aunque se haga desde la bondad y la pureza más absolutas, provoca una terrible sed exotizadora, engrandece las diferencias, las fotografía, las exhibe como trofeo. Dice el antropólogo brasileño Gustavo Lins Ribeiro que cuando la antropología trascendió el ocuparse de sociedades lejanas y comenzó a investigar también sociedades cercanas, de las cuales muchas veces el propio investigador era parte, fue necesario un profundo trabajo que le permitiera “exotizar lo familiar”. Según Lins Ribeiro, esto podía lograrse a partir de una actitud de extrañamiento, que se relacionaba con el concepto de conciencia práctica acuñado por Giddens. Lo que se busca en el viaje es precisamente la diferencia, o el asombro ante la diferencia, y esa es la raíz del mal que nos ocupa. Así que lo siento, anónimo dictador de esa sentencia atribuida a Unamuno, pero no. No creo que el racismo se cure viajando.


Hace unos meses me mudé a Estados Unidos. En mis primeras semanas, la universidad que dio la beca exigía a toda persona extranjera un control sanitario. En la sala en la que me sacaron sangre, una empleada apuntaba los datos. “¿Raza, etnia?”. “White” (blanca), dije. Eso he sido toda mi vida. Me miró. Carraspeó. “Pero no eres de aquí”. “No”, le dije, “soy de España”. Insistió en saber de qué parte. Pensé que me hablaría entusiasmada de un viaje a Barselona, de tapas y vino, pero, al escuchar mi respuesta (”Del norte de España y de unas islas junto a África), sentenció: “Entonces eres mestiza”. Iba a rebatírselo, porque no creo que haya sufrido ninguna de las opresiones que pueda haber vivido lo que aquí se considera una persona mestiza. Pero la casilla estaba marcada.


En los siguientes meses hubo más burocracia, y marqué lo que el funcionario de turno me indicaba cada vez (hispana, mestiza, other, o sea, “otra”). Es decir, que dejé de decidir lo que yo misma era en favor de lo que los otros consideraban que yo era. Y atendiendo a este principio que acaté, según el cual una no es lo que cree o siente que es, sino lo que el exterior considera que es, a mi llegada a Estados Unidos dejé de ser lo que hasta entonces había sido sin mayor discusión: una blanca. En realidad, sin ser del todo consciente, ya había dejado de serlo ante los empleados del control de fronteras. A partir de los años setenta, el Gobierno estadounidense incluyó a todos aquellos ciudadanos provenientes de los países hispanohablantes en el grupo de los hispanos o los latinos. No tendría sentido entrar a debatir ahora mismo sobre el rigor de este cajón de sastre en el que los formularios o los juicios rápidos nos colocan a un montón de personas no estadounidenses que habitamos en Estados Unidos.

En la percepción del día a día, podríamos decir que, en términos de raza y etnicidad, uno no es lo que es, sino lo que se le considera. ¿Pensabas que sabías lo que eras, lector blanco? Pues sólo tienes que cambiar de país: el grado en que una persona se clasifica en una categoría racial puede variar en función del contexto social. Hablando mal y rápido: se es de una raza con respecto a otra. Incluso dentro de lo que podríamos imaginar que se considera una misma raza, la gradación cambia y construye identidad con respecto a los otros, como tan bien muestra Passing (horrendamente traducida en España como Claroscuro), la película de Rebecca Hall basada en el libro homónimo de Nella Larsen, en el que se cuenta la historia de dos mujeres de raza negra, una de las cuales tiene una fisonomía que le permite “pasar” como blanca, y en torno a esa mentira ha construido su vida.

Marco la casilla que el funcionario me indica cada vez: hispana, mestiza, ‘other’, o sea, “otra”

El caso es que de pronto, sin dejar de sentirme como una impostora, pero sin poder hacer nada con respecto a la mirada ajena que me clasificaba en esa impostura, empecé a existir siendo percibida como no blanca. Y entonces, recibiendo los choques y tropiezos de no ser la ciudadana de primera que es la habitante blanca de Estados Unidos, empecé a apuntar en un cuaderno cada vez que sentía aquello, que, consensuado con diversas personas no blancas habitantes en Estados Unidos, podríamos llamar bajada en el escalafón social. “En México yo era güera [rubia]”, dijo, lamentándose cómicamente, una compañera de beca. Sí, claro, en privado, entre risas resignadas y ácido humor, se desplegaban las rozaduras que nos provocaba ese nuevo zapato duro que es la identidad recién estrenada, una identidad no tan cómoda como la anterior. La anterior identidad era más blanda, no dolía tanto al caminar; qué bonita es la estúpida ignorancia del dolor del otro, cómo de pronto aparece con todas sus aristas cuando una siente un dolor similar. Como bien dice Azahara Palomeque en su libro Año 9. Crónicas catastróficas en la era Trump, que desgrana y observa con una lupa que quema la experiencia de una española en Estados Unidos, “una aprende a convivir con cierto privilegio blanco y se pregunta qué ocurre con los que no lo ostentan, y duda, y cuestiona en espiral, buscando revelaciones que no llegan”. Porque el pensamiento es recurrente, el paralelismo es constante: Si antes me preguntaba y observaba cómo era, en el diversamente habitado barrio de Madrid en el que vivía, vivir la vida de muchos de mis vecinos, ahora, con la identidad inevitablemente diluida y confundida por el trato del Otro (entiéndase Otro como autóctono gringo blanco), mi pregunta también se iba diluyendo frente a la realidad que se imponía y que me enseñaba. La Realidad: yo tratando con un extraño respeto asustado al Otro, yo amedrentada al ser consciente de haber cometido una incorrección, dándome de bruces con algunos choques culturales ante los que era preferible bajar la cabeza y seguir adelante de forma discreta, temerosa de ser demasiado efusiva o agresiva en mis manifestaciones emocionales (“Tienes todo el cuello contracturado porque las latinas gesticuláis mucho”, le dijo la quiropráctica del seguro estadounidense a una amiga argentina), sintiéndome acobardada en la peluquería porque me habían teñido el pelo de un color que no era el que había pedido (“Pero tu pelo natural es negro, ¿no?”, dijo el amable peluquero, mirando sin ver mi aspecto y la foto que le había mostrado como ejemplo, viendo sin mirar una identidad construida con respecto a la suya), no atreviéndome a enfadarme como me habría enfadado en España. No tener una derecho a enfadarse porque no sabe qué reacciones puede provocar su enfado en ese país nuevo. Saber que leerá lo que publiquen sus compañeros norteamericanos escritores, pero que ellos ni siquiera sentirán una curiosidad recíproca. Saberlo porque el programa del seminario incluye más de cuarenta lecturas y sólo dos que no sean de escritores norteamericanos. Y estos son únicamente unos pocos ladrillitos absolutamente ridículos, diminutos, que aportan poco a esa construcción brutal que es el racismo en Estados Unidos en particular y en el mundo en general. Pero son los minúsculos ladrillos que me hacen confirmar en la propia carne que el racismo no es una agresión momentánea, sino un estado gaseoso que acompaña toda la vida, todo momento que se pase en el país en el que se es extraño (y en el caso de mucha gente, ese país es el suyo propio). El racismo como un aura que rodea a la persona que recibe la opresión en cada movimiento de la vida cotidiana, como parte fundamental de la mezcla que configura la identidad. El racismo incluso como antirracismo: ciertos tonos paternalistas, didácticos, la infantilización y exotización involuntaria del que no es blanco, como si sólo siendo estadounidense y blanco se pudiese recibir el tratamiento de adulto. Como muy bien dice Azahara Palomeque en su libro, “racismo y antirracismo contienen ambos la misma palabra”. Palabras excesivamente dulces, miradas paternalistas, alguien que te trata con extremo cuidado, como el que se aproxima a un ser que no sabe cómo desentrañar y prefiere hacer gestos de mansedumbre y conciliación por si le muerde la mano.

El racismo es una herida siempre abierta que hay que ir tratando lo mejor que se pueda. Cada uno porta su llaga purulenta

Yo no me fui porque nadie ni nada me expulsase, ni porque la situación en mi país fuese insostenible, como muchos otros hacen cada día. Yo me fui porque quise, por pura aventura, y me encontré con esa rozadura leve, pero insistente, como un zapato duro que insiste e insiste hasta que hace llaga, esta existencia de ciudadana de segunda. Así que este texto no es más que dos cosas: Primero, un lamento de niña mimada que no era del todo consciente de serlo y de pronto lo es. Segundo, una oportunidad de esa niña mimada para pensar, para hablar con los demás niños mimados (véase niño mimado como persona que haya podido sufrir diversas opresiones, pero jamás la de la raza). Y, con la misma precisión enloquecedora con la que apuntaba los sucesos en los que había sentido el racismo rozándome, más o menos cerca, más o menos profundamente, empecé a observarme a mí, al antes-de-esto, a releer mis pensamientos del pasado, la forma de hablar. Y, por supuesto, ahí estaba. No era la brutalidad del racismo que normalmente se contempla cuando el sujeto afirma “yo no soy racista”, pero sí había paternalismo, cierta condescendencia en el trato en unas cuantas ocasiones, y, en un texto de hace años, una descripción puntual que era racista sin que yo siquiera lo sospechase. Horror, susto. ¿Soy yo esta persona? Sí. Esa persona somos muchos.

El racismo no se cura viajando. El racismo, si acaso, se convierte en fermento que escuece cuando uno se traslada a vivir a un país en el que haya un pez más grande que uno en términos raciales, un pez que pueda comerse al pez chico en el que de pronto se ha convertido uno mismo. Quizás el racismo propio no será siquiera susceptible de ser observado hasta que el individuo no sienta el cambio de tornas, el racismo cerniéndose sobre él, la impotencia debilitadora de un acento que lo invalida, el choque cultural, el habitante del país que acoge asustado o escandalizado ante un gesto que no comprende, un tono o una reacción que convierten de pronto al individuo en un extraño. Y aun así, el racismo propio y ajeno persistirá. “No existe una actitud neutral frente a cuestiones de raza; es una trampa en la que se suele caer, como en un movimiento pendular, del lado del paternalismo o de la discriminación”, dice Azahara Palomeque, consciente de la condena.

El racismo, de hecho, no se cura. Es una herida siempre abierta que hay que ir tratando lo mejor que se pueda. Cada uno porta su llaga purulenta. Casi siempre está en la nuca o en un lugar inaccesible de la espalda, y es por eso por lo que nosotros no vemos nuestra propia herida y nos la tienen que señalar. A veces se nos olvida que la tenemos, o lo negamos, pero ahí está. Supura. Debemos saber que existe, entender por qué se infecta de nuevo. Vigilarla. En el momento menos pensado puede volver a abrirse. Nunca va a cicatrizar.


Sabina Urraca es escritora, periodista y editora. Actualmente cursa el taller de escritura de la Universidad de Iowa (EE UU) con una beca.


FE DE ERRORES

Una versión anterior del texto decía "Cada uno porta su llaga pustulenta". Lo correcto es "purulenta".







jueves, 2 de mayo de 2019

UN ASUNTO MARGINAL

Catalanes todos

Patriotas de uno y otro lado dicen que ser reaccionario es en realidad ser revolucionario, y que lo rancio es audaz


La idea de catalanizar España viene de antiguo. Un somero rastreo cibernético revela que la esgrimieron Miguel de Unamuno en 1905, José María Carrascal en 1978 y Esperanza Aguirre (sí, ella) en 2013. En todos los casos se hizo referencia al “espíritu dinámico y emprendedor” de Cataluña. El tópico es viejo. Yo soy catalán y no tengo nada de dinámico ni de emprendedor, pero dudo que valga como ejemplo porque seguramente soy un mal catalán. En cualquier caso, nunca me pareció necesario catalanizar o españolizar a nadie. ¿Para qué?


Recuerden lo que hizo la directiva del FC Barcelona en 1954, cuando el diario francés L’Équipe se puso a organizar una cosa llamada Copa de Europa. Los franceses invitaron al Barcelona de Kubala, pero los dirigentes del club dijeron que no porque preferían disputar la Copa de Ferias (en la que competían ciudades con Feria de Muestras), cuyo futuro era mucho más prometedor. L’Équipe acudió entonces al Real Madrid. El resto de la historia es bien conocido: en 1960, el Madrid sumaba ya cinco trofeos continentales; el Barcelona tuvo que esperar hasta 1992 para obtener uno. ¿Quién actuó a la española? ¿Quién actuó a la catalana? Son preguntas absurdas, ¿verdad? Pues eso.
Unos quieren mantener viva la esencia amenazada de la nación. Los otros, lo mismo. Unos y otros aman las fronteras y aspiran a encerrarse con sus juguetitos tradicionales, sean éstos un toro ensangrentado o un “trabucaire” recién comulgado. Los patriotas de uno y otro lado dicen que ser reaccionario es en realidad ser revolucionario, y que lo rancio es audaz. Propugnan la igualdad, pero entre ellos: los ajenos a su concepto de la patria son, digamos, desiguales, además de enemigos. No pueden equivocarse, porque para ellos la patria es el bien supremo y siempre la tienen en cuenta antes de hacer algo. No son mayoría, aunque lo parezca en las redes sociales y aunque logren impregnar el debate público.
Hay diferencias en los detalles. El programa social de Esquerra Republicana no se parece al de Vox. Pero tal como van por la calle, cubiertos con el sayo de la aflicción nacional y luciendo con orgullo una banderita roja y amarilla, resulta fácil confundirlos.
En el peor de los casos, acaban saltándose la ley porque la patria, valor supremo, lo exige. En el mejor, conducen el país a un diálogo para besugos. Cuando se les habla de pensiones, responden que el pueblo está con ellos; prefieren el gesto simbólico a la medida práctica; solo soportan la prensa entregada; detestan el escepticismo. Incluso cuando pierden, ganan. Siembran mentiras para cosechar enfrentamiento. Acaban contagiando al vecino. Ni gobiernan ni dejan gobernar. Son una auténtica pesadez.
En fin, paciencia. Unidos en la tabarra de los salvapatrias, ya somos españoles todos y catalanes todos.
visto en el País

lunes, 18 de febrero de 2019

LAS 100 ÚLTIMAS TRIBUS FELICES DEL MUNDO

En el planeta quedan más de un centenar de comunidades indígenas sin contactar, repartidas en la Amazonia, Papúa Nueva Guinea e India. Su supervivencia depende de que sigan aisladas
Las 100 últimas tribus felices del mundo
En el planeta quedan más de un centenar de comunidades indígenas sin contactar, repartidas en la Amazonia, Papúa Nueva Guinea e India. Su supervivencia depende de que sigan aisladas

Los sentineleses, la tribu que habita desde hace milenios la isla de Sentinel del Norte, en el archipiélago indio de Andamán y Nicobar, se convirtieron hace un mes en protagonistas de las primeras páginas de los periódicos internacionales después de que algunos de sus miembros presuntamente asesinaran a John Allen Chau, de 26 años. El misionero estadounidense pretendía acceder al pequeño territorio protegido con la intención de evangelizar a sus habitantes, uno de los pueblos en aislamiento voluntario que existen en el mundo. Como los sentineleses, se calcula que en el planeta hay al menos cien comunidades indígenas que viven sin contacto alguno con otras civilizaciones.
Todo el artículo VISTO EN EL PAÍS

martes, 18 de diciembre de 2018

VÍCTIMAS POTENCIALES

LLAMENLO FENINICIDIO
La mujer es una víctima potencial por el hecho de ser mujer, pero si además es pobre, no blanca, de ambientes marginales, entonces vivirá una segunda muerte: la de la impunidad y el olvido
EDURNE PORTELA  16 DIC 2018 -

        Familiares de víctimas de Samuel Little. AL SEIB / LOS ANGELES TIMES GETTY IMAGES
Hace unos días leí en The New York Times que Samuel Little, un hombre de 78 años condenado a una triple cadena perpetua por el asesinato de tres mujeres en Los Ángeles durante los años ochenta, ha comenzado a confesar otros crímenes cometidos durante casi 50 años. Suman 90. Todas sus víctimas fueron mujeres: drogadictas, prostitutas, mujeres sin techo, mujeres vulnerables que recogía en la calle, en bares y clubes y que acababan estranguladas en la parte trasera de su coche. La mayoría de ellas mujeres negras e hispanas. ¿Cómo es que la policía o el FBI nunca relacionaron otros crímenes similares con los tres por los que Little estaba cumpliendo condena? Lo que parece incompetencia (que igual también lo es) responde en realidad a la lógica del sistema: las agencias de seguridad destinan menos fondos a investigar desapariciones y crímenes de mujeres vulnerables como las víctimas de Little. Leo más artículos de la prensa estadounidense sobre el tema. La mayoría remite a otros asesinos que, como él, buscan a las más vulnerables, a aquellas que posiblemente nadie va a reclamar si desaparecen. Gary Leon Ridgway compite, aunque se queda rezagado, con la brutalidad de Little: en 2003 fue condenado por estrangular a 48 mujeres.
Ni el artículo del NYT ni los otros analizan estos casos desde el concepto de feminicidio, definido muy ampliamente como el asesinato de mujeres a manos de hombres por el hecho de ser mujeres, con el fin de abusar de ellas sexualmente o demostrar su poder. En su lugar usan el término “asesino en serie” y a sus víctimas las llaman “personas”, a pesar de que el 100% son mujeres. Según datos del FBI, desde 1985 el 70% de las víctimas de asesinos en serie son mujeres y hay unos 33.000 homicidios —posiblemente la mayoría feminicidios— sin resolver. Detrás de estos crímenes hay un psicópata con su propio odio o motivación siniestra, pero que lleva al paroxismo los preceptos de la cultura de la violación: la práctica normalizada del abuso del cuerpo femenino, una cultura que concibe a la mujer como un ser inferior que existe para dar servicio y placer al hombre, en este caso el placer de matar. Detrás de la impunidad en la que quedan muchos de estos crímenes hay, además, una cuestión racial y de clase, una jerarquización de las víctimas. No todas las vidas valen lo mismo, no todas las muertes se lamentan igual. Los medios de comunicación prestan más atención a un caso de desaparición u homicidio si la víctima es joven, de clase media/alta y blanca, la policía y el FBI se vuelcan en la investigación, las comunidades se movilizan. Y en realidad las mujeres blancas son el grupo demográfico de víctimas de violencia menos numeroso. Según el UCR (Uniform Crime Report), la tasa de victimización de mujeres negras es tres veces mayor que la de blancas. La mujer es una víctima potencial por el hecho de ser mujer, pero si además es pobre, no blanca, de ambientes marginales, entonces vivirá una segunda muerte: la de la impunidad y el olvido. En España no tenemos casos tan sonados de asesinos en serie, pero sí un grave problema de feminicidios íntimos (asesinadas por sus parejas) y de otros tipos (asesinadas por otros familiares, violaciones por desconocidos con resultado de muerte, etcétera). Feminicidio.net da una cifra de 92 casos sólo en 2018. Me pregunto, después de esta reflexión, si en España también discriminamos entre cuáles de estas muertes son lamentables y cuáles no.

martes, 9 de enero de 2018

LA TRANSICIÓN DEL 78 LES DEJÓ EN BARBECHO, NO SE HABÍAN IDO

Reaccionarios, de cara y sin complejos

Cuando se usa el término de maricón, como ha hecho Luis del Val, lo que se expresa es desprecio y odio a los homosexuales



La carroza de la diversidad, en la Cabalgata de los Reyes Magos en Puente de Vallecas.  INMA FLORES
De un tiempo a esta parte escuchamos con frecuencia la defensa abrupta de posiciones retrógradas cuyos valedores no tienen reparos en expresarse y hasta presumen de su osadía. Es el pensamiento reaccionario que irrumpe con ardor guerrero, hoy para reivindicar el franquismo, mañana para insultar a los homosexuales. Quieren disputar la batalla de las ideas en el terreno de las palabras. La alocución matinal que el periodista Luis del Val dedicó el viernes a la cabalgata de Reyes de Vallecas (Madrid) en el programa Herrera en Cope es el último ejemplo de ese desparpajo. Del Val arremete con tanta furia contra el colectivo gay como contra la “estúpida alcaldesa” Manuela Carmena por algo que ni siquiera era cierto: la supuesta sustitución de la carroza real por una del colectivo LGTBI. La falsa noticia encendió al locutor. Esto fue lo que dijo: “En vez de los Reyes Magos van a ir drag queens de reinas”. “Melchor va a ser un travesti; Baltasar, la tortillera, y Gaspar, muy hormonado, irá enseñando las tetas”. Y remató: “Los de Orgullo Vallekano, que van a ensuciar la fiesta, en vez de ser ellos gais, son maricones de mierda”.

Aunque pueda parecerlo, no es una anécdota. Es un síntoma. Hay una reacción cada vez más estridente contra la igualdad de género y los derechos civiles. A veces se presenta como una crítica a la tiranía del lenguaje políticamente correcto, pero no son las formas lo que se combate, sino el fondo. Con el término de maricón,lo que expresa es desprecio y odio a los homosexuales. Lo que pone furioso a Del Val es “la exaltación del gay y que los niños aprendan que pueden ser maricones desde las edades tiernas”. Eso tiene un nombre, se llama homofobia, pero no le importa: “Si me acusan de homófobo se pueden ir a la mierda”. Sin complejos.
Actitudes parecidas se observan en el discurso de los cada vez más crecidos neomachistas. Su estrategia consiste en resignificar el feminismo como un movimiento totalitario. Hablan de feminazismo. Niegan que exista violencia de género, tratan de desacreditar a quienes la combaten con bulos como el de las falsas denuncias de maltrato y acusan a los poderes públicos de estar abducidos por una nueva tiranía, la de las mujeres que quieren echar a los hombres del poder. Sin complejos.
Son las ideas reaccionarias y machistas de siempre, solo que quienes las defienden ya no creen que deban disimular o esconderse. Susan Faludi, en su celebrado libro Backlash: The Undeclared War Against American Women(Reacción, la guerra no declarada contra las mujeres americanas), denunciaba en 1991 cómo el pensamiento reaccionario se había organizado para combatir el feminismo tratando de convencer a las mujeres de lo mucho que habían perdido con el cambio: en lugar de un trabajo, el del hogar, ahora tenían dos y además pagaban con angustia el precio de su libertad. Ahora, fracasada la reacción sutil, a los neomachistas, como a los homófobos, ya solo les queda el ataque frontal.
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lunes, 20 de marzo de 2017

YO TAMBIÉN IBA A MISA. ESTOS ANGELITOS LAS DICEN

“Hay abortos de niñas pero no es porque hayan abusado de ellas, es porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando”

Arzobispo de Lima Cipriani: se ponen en un escaparate provocando
El cardenal peruano y arzobispo de Lima Juan Luis Cipriani hizo estas declaraciones hace unos meses en su propio programa de radio. La frase es aún más indignante porque Perú ocupa el tercer lugar en casos de violaciones en todo el mundo. Cipriani sigue en su cargo.

“Hay menores que desean el abuso e incluso te provocan”

Obispo de Tenerife
Esta aberrante frase fue pronunciada en 2007 por el obispo de Tenerife, Bernando Álvarez, en una entrevista  en el diario La Opinión. Álvarez también comparó la homosexualidad con los abusos y llamó “enfermos” a los gays. Sigue en el cargo.

“El sida es un acto de justicia”

Arzobispo de Bruselas-Malinas
Sí, parece que no hay burrada que no haya dicho un alto cargo de la Iglesia. En este caso, la frase fue pronunciada en 2010 por el entonces arzobispo de Bruselas-Malinas y presidente de la Conferencia Episcopal de Bélgica, André-Joseph Leonard. También aseguró que jugar con la naturaleza del amor puede conducir a catástrofes así. Siguió en su cargo hasta 2015, hoy es ‘emérito’.

“Si una mujer aborta, da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar de su cuerpo”

Arzobispo de Granada
El arzobispo de Granada, Javier Martínez, dijo esta salvajada en 2011 durante una homilía. También comparó el aborto con el holocausto y dijo que “los nazis no eran tan repugnantes”. Martínez ha pasado su carrera envuelto en escándalos de todo tipo. Se sentó en el banquillo, acusado de coacciones y amenazas, pero fue absuelto porque los presuntos delitos habían prescrito. Su diócesis publicó un libro titulado 'Cásate y sé sumisa'. Sigue en su puesto.

El aborto, como “los trenes de Auschwitz”Obispo de Alcalá de Henares

El obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Plá, conocido entre otras cosas por oficiar una misa con una bandera franquista, hizo esta comparación en 2014. Fue denunciado por el colectivo feminista 'Tren de la libertad', a quién se refería Plá. La justicia no consideró injuriosas sus palabras y, por supuesto, sigue impartiendo doctrina desde su cargo.

El día más triste para el obispo de Canarias, por encima del accidente de avión de Spanair: cuando una drag queen ganó en el carnaval

Obispo de Canarias
Francisco Cases demostró su escala moral al hacer esta comparación después de que una drag queen ganara el carnaval de Las Palmas. Cases consideró una “blasfemia” el disfraz ganador. La Asociación de Víctimas de Spanair expresó su indignación por la frase del prelado.

"Hay males mayores que lo de Haití, como nuestra situación espiritual”

Obispo de San Sebastián
El ultraconservador obispo de San Sebastián, que hace unos días también puso el grito en el cielo por el Carnaval de Las Palmas, dijo en 2010 respecto al trágico terremoto de Haití que quizá “es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes están sufriendo". Munilla también escribió un libro sobre sexo en el que explica que masturbarse es “una agresión al propio cuerpo”. ¿Sigue en el cargo? Por supuesto.

"La racha de feminicidios tiene que ver con la desaparición del matrimonio”

Arzobispo de La Plata
Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata (Argentina), explicó que el matrimonio “dignificaba a la mujer y la ponía en un lugar de igualdad con el hombre”. Además aseguró que los abusos sexuales a niños que se dan en el ámbito familiar se deben a la aparición del divorcio. Por supuesto, sigue como arzobispo.

Para juzgar el robo de bebés “hay que hacerlo con criterios de aquel tiempo”

Arzobispo de Barcelona
El cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, minimizó con estas palabras una aberrante realidad que tuvo lugar en España durante el franquismo con la colaboración de miembros de la Iglesia. Sistach también lo calificó como “una cosa puntual”. Se mantuvo como arzobispo de Barcelona hasta 2015. Ahora es emérito.
Ante todas las anteriores burradas, el Vaticano no consideró necesario tomar ninguna medida. Sí lo hizo, sin embargo, ante un caso: el obispo de Mallorca, que fue echado del cargo por tener una amante. El prelado fue denunciado por el marido de una estrecha colaboradora, que le visitaba a escondidas en su domicilio y que era conocida en toda la isla como "la novia del obispo". 
TODO VISTO EN PÚBLICO 

domingo, 19 de marzo de 2017

EL LOBO NAZI DE MINNESOTA

Un anciano carpintero de Minnesota, identificado como un terrible comandante nazi

Las autoridades polacas confirman "al 100%" que Michael Karkoc, de 98 años, fue un oficial de las SS que devastó pueblos enteros

Llevó la calavera y las runas con orgullo. Mató a hombres, mujeres y niños. Arrasó poblaciones enteras. Era la bestia de Chlaniów (Polonia). Durante décadas se ocultó en Estados Unidos, buscó un hogar y tuvo seis hijos. Ahora, tras una larga peripecia periodística y judicial, su identidad ha sido confirmada por las autoridades polacas. El anciano y tranquilo carpintero Michael Karkoc, de Minneapolis, fue comandante de la Legión de Autodefensa Ucrania, encuadrada en las letales SS de Adolf Hitler.

A sus 98 años, el pasado se ha vuelto contra él. La fiscalía polaca está “al 100% segura” de quién se oculta tras ese hombre antiguo, enraizado en su comunidad y fiel defensor de la "patria Ucrania", y ha anunciado que va a pedir su extradición por las matanzas perpetradas durante la Segunda Guerra Mundial en la región de Lublin.
No será la primera vez que se enfrente a la justicia. Hace cuatro años, después de que una investigación de la agencia AP sacase el caso a la luz, el ministerio público alemán quiso someterle a juicio. La familia de Karkoc logró frenar el intento aportando documentación médica que supuestamente demostraba su incapacitación para un proceso. “No hay una sola prueba que indique que mi padre tuviese nada que ver en actividades criminales. En toda su vida solo trabajó, trabajó y trabajó. Nunca se ocultó de nadie”, ha dicho Andriy Karkoc.
Estos argumentos no han frenado a los fiscales polacos. Dado que su país no permite los juicios en ausencia, quieren revisar el caso en su territorio e interrogarle personalmente. Al mismo tiempo, el cazanazis Efraim Zuroff, del Centro Simon Wiesenthal, ya ha avanzado que solicitará su revisión por médicos independientes.

La reconstrucción de AP, basada en testimonios presenciales y documentos, sostiene que Karkoc, que siempre se definió como "patriota", ingresó en 1941 en el Ejército alemán. Brutal y resolutivo, pronto ganó una Cruz de Hierro y pidió su entrada en la Legión de Autodefensa Ucrania. Cuando este cuerpo de exterminadores fue absorbido por las SS, las unidades de élite hitlerianas, Karkoc brilló con luz propia y alcanzó el grado de comandante.Las atrocidades cometidas por esta brutal manada de nazis fueron innumerables, pero al acusado se le persigue por haber dirigido una operación de castigo contra el pueblo de Chlaniów. La única de la que se tienen testigos presenciales.

Fue el 23 de julio de 1944. Tras la muerte del oficial al mando, se decidió represaliar a la población civil. Con la orden de “liquidar Chlaniów”, los legionarios de Hitler dieron rienda suelta a la barbarie: quemaron las casas y a balazos mataron a 44 hombres, mujeres y niños. Otras localidades menores también fueron arrasadas.

Después de la matanza, la pista de Karkoc, como muchas otras cosas en los días finales de la guerra, se diluye. Se sospecha que estuvo en más unidades de las SS y que en alguna pudo dedicarse a la represión de partisanos eslovenos. No hay seguridad. Acabada la contienda, su rastro desaparece hasta que en 1949 pide su entrada en Estados Unidos. En los documentos alegó que no había hecho el servicio militar y que durante la guerra había trabajado con su padre. Diez años después, recibió la nacionalidad estadounidense.Su vida entró en un remanso. Se casó, tuvo seis hijos y no tardó en distinguirse como un devoto de su iglesia local.

Construyó el altar de la rectoría y todos los fines de semana ayudaba en lo que podía. Creyente, el fuego de su nacionalismo nunca le abandonó. En poco tiempo, según periodistas locales, asumió su liderazgo en organizaciones ucranias. Su odio a la Unión Soviética era visceral. Ansiaba liberar su país de la opresión comunista y cuando Ronald Reagan llegó al poder no dejó de aplaudirle.

Con su fuerte acento y sus modos anticuados, era un emigrante más de la Europa del Este en la perdida Minneápolis. O eso parecía. Setenta años después de la atrocidad de Chlaniów fue señalado. El pasado le había dado alcance.
VISTO EN EL PAÍS