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martes, 6 de septiembre de 2022

20 CENTÍMETROS

 Muchas mujeres entienden la lucha por la igualdad como imitación. Para sobrevivir en un mundo donde nos exponemos como productos, consideran que ser iguales a los hombres consiste en imitar los peores rasgos de la masculinidad hegemónica


En una de las ediciones de First Dates del pasado mes de junio, una mujer de 41 años, Eileen, aseguraba ante las cámaras de televisión: “No quiero a un hombre que la tenga pequeña; mínimo 20 centímetros”. El tamaño era para ella condición sine qua non para comenzar una relación. Nos inquieta el aburrimiento soberano que puede seguir cuando solo cuente Eileen con el tamaño de ese pene: ¿esos 20 centímetros serán un buen acompañante para ir al cine? ¿Resistirán una conversación? ¿Sabrán sostener sus eventuales momentos de debilidad?...

Merece la pena que nos detengamos en este episodio como ejemplo de lo que desde hace más de una década algunas psicoanalistas y ensayistas con perspectiva de género hemos identificado como la progresiva masculinización de las mujeres, que bajo el paraguas de un supuesto empoderamiento, de una autoafirmación que refuerza su amor propio, imitan los comportamientos más patriarcales, aquellos en los que estaban tradicionalmente socializados los hombres. Pues, en paralelo a la denominada feminización del espacio público, en el que las mujeres han entrado por fin con pie firme, se está produciendo una masculinización del espacio íntimo que se expresa especialmente en las relaciones sexoafectivas.

En primer lugar, y por ceñirnos al ejemplo, Eileen nos muestra una fragmentación del cuerpo de los hombres idéntica a la que siempre efectuaron estos al referirse y ponderar el cuerpo de las mujeres. En 1975, la ensayista Laura Mulvey advirtió sobre la reiterada representación de la mujer en el cine como “un pedazo de carne con ojos”. Con sus exigencias hacia su potencial pareja, Eileen reduce también la totalidad del hombre a un órgano sexual, ese pedacito de carne, y el encuentro sexual al coito, en la mejor tradición machista. Solo la pornografía más habitual mantiene el coito como protagonista central del erotismo femenino, y lo hace, precisamente, porque está pensada para satisfacer a los hombres.

Además, Eileen se muestra tan empoderada que afirma que al hombre que la acompaña en esa primera cita televisiva le gustan más los chicos que las chicas, pues está convencida de que ella tiene una intuición especial, una supermirada radiográfica, como la de Superman, para detectar tanto el tamaño del pene a través de los pantalones como las inclinaciones sexuales de cualquiera que tenga delante, sin conocerlo de nada. La rotunda afirmación como hombre heterosexual de su acompañante no la disuade, porque ella posee una certeza inamovible que se coloca por encima de cualquier declaración del aludido; la misma certeza que ha asistido durante siglos a los hombres cuando afirmaban que nosotras queríamos cuando no queríamos, pues estaban seguros de conocer nuestros deseos e intenciones mejor que nosotras mismas. El consentimiento viciado, el tímido sí que no es tal sino pura sumisión, miedo a la pérdida, asunción del deseo del otro como propio, incapacidad para identificar y expresar lo que se quiere con autonomía, es el correlato de ese supuesto saber ancestral de los hombres sobre las mujeres que Eileen también posee ahora sobre el varón.

Y es que se ha producido un peligroso deslizamiento: muchas mujeres entienden la lucha por la igualdad como imitación. Para sobrevivir en un mundo donde se ha impuesto un modelo de relaciones sexoafectivas mercantilizado, donde todos nos exponemos como productos en un catálogo que siempre está abierto a nuevas y más atractivas ofertas, consideran que ser iguales a los hombres consiste en tener derecho a imitar los peores rasgos de la masculinidad hegemónica. El mantra es tan sencillo que da pavor: si ellos lo hacen, por qué nosotras no, se justifican. O, mejor, apenas se justifican, porque no hay reflexión previa, sino pura y triste mímesis.

Empoderarse es hoy para demasiadas chicas adoptar posturas pornográficas en los selfis y difundirlas en Instagram. En la playa, sin ir más lejos, no hay día que no observemos a adolescentes en tanga que se hacen vídeos entre sí, moviendo el boom boom como les ha enseñado Chanel a hacerlo, no sabemos si, también, para volver loquitos a los daddies. Las fiestas de despedidas de soltera de las jóvenes se han convertido en zafias performances hipersexualizadas, como siempre lo fueron las de los solteros.

La pornificación de nuestra sociedad que con tanto acierto describiera Ana de Miguel lleva a extremos tan absurdos como el de considerar educación sexual el conocimiento de las posturas del Kamasutra, como ha sucedido en la desafortunada yincana nocturna de Vilassar de Mar, donde en lugar de educar en el respeto al propio cuerpo (la necesaria autonomía corporal) y al del otro; en lugar de enseñar a los chicos y a las chicas a identificar sus deseos por fuera de la sumisión, la complacencia o la imitación de lo que ven en Pornhub, se les enseña cómo lamer un plátano o poner un preservativo.

Porque alcanzar la igualdad hombre-mujer no consiste en caer en una masculinización que nos homogeniza, sino en todo lo contrario. La igualdad por la que muchas mujeres luchamos desde el feminismo tiene que ver con corregir precisamente la cosificación del otro, sea hombre o mujer, a favor de unas relaciones personales profundas y ricas, donde el semejante no sea considerado un mero objeto, fragmentado, funcional, un producto diseñado para nuestro uso, sino un sujeto con un mundo interior propio que compartir. La igualdad es respeto por la diferencia, es caminar hacia una convergencia de géneros que trascienda los mandatos y los roles hasta subvertirlos. Cuando las jóvenes copian en sus gestos y en sus conductas, en sus retoques quirúrgicos, en sus demandas, la estética y el comportamiento de las actrices porno no lo hacen, como suponen, desde una afirmación positiva que las autoriza como sujetos, sino desde la ignorancia de que están imitando aquello que consideran lo más deseado por los hombres: una hembra hipersexualizada que reclama un pene de 20 centímetros, tal y como lo solicitase Eileen.

Liv Strömquist, en su ensayo gráfico No siento nada, advierte respecto al comportamiento amoroso lo mismo que señalamos aquí. Cito: “La RESPUESTA FEMINISTA a ser mal querida por hombres que son incapaces de amar no puede ser la idea adiestradora del empoderamiento que LAS VUELVA tan incapaces de amar como a ellos”. Por supuesto que no.

Sin embargo, los ejemplos de esta imitación son numerosos. Caminamos hacia un horizonte donde las bondades de la socialización patriarcal de las mujeres (el cuidado de los vínculos, la atención a los afectos, la empatía, la consideración del otro y la reflexividad afectiva), unos valores que pretendíamos universalizar y exportar a la educación de los hombres, se pierden a favor de una masculinización deshumanizante que homogeniza a la baja. Y se pierden, sencillamente, porque esta masculinización que cosifica es mucho más afín a los requerimientos que exige el capitalismo financiarizado y digital, que nos quiere meros productos, piezas reemplazables de un sistema que nos precariza afectiva y materialmente.

Resistirse al empuje de esa corriente homogeneizante es mucho más costoso en términos energéticos que dejarse llevar por ella, pero educar en la igualdad no es universalizar los peores valores patriarcales, sino transformarlos, oponernos desde el pensamiento crítico a ellos, crear imaginativamente nuevas formas de ser humanos que amplíen el espectro de las diferencias, sin renunciar al derecho inalienable a la igualdad.

LOLA LÓPEZ MONDÉJAR es psicoanalista y escritora. Su último libro es: Invulnerables e invertebrados. Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo. (Anagrama)

martes, 31 de mayo de 2022

NADA ESTIMADO SEÑOR IGLESIAS

 «De su libro he deducido que es usted, básicamente, un ególatra, un mentiroso y un hipócrita»


Tras leer su libro Verdades a la cara he de recordarle uno de los axiomas que se estudian en periodismo: «Datos, no opiniones». Su libro, sin embargo, se basa en «opiniones, no datos».  Su libro es una pura retahíla de opiniones, opiniones, opiniones y algún que otro rumor, dime y direte.

Sé que usted lee este periódico, al que ha llamado «medio de ultraderecha». Sé que usted jamás reconocerá que leyó este artículo, sé que su «compañera» (así la llama usted) jamás reconocerá que le llegaron miles de mensajes y varias cartas explicándole mi situación y que ella hizo caso omiso porque a Irene Montero se le llena la boca con la palabra sororidad, pero solo la boca. Dios le libre a Irene Montero de mostrar sororidad por una mujer que no sea de su cuerda. 

En fin, voy a ser fría y voy a ir rebatiendo punto por punto frases de su libro Verdades a la cara.

Y voy a rebatir sus frases con DATOS, no opiniones 

FRASES TEXTUALES DE SU LIBRO: «¿Se imaginan qué ocurriría si yo desde mis redes sociales convocara a mis seguidores a ir a visitar la casa de Carlos Herrera y que él y su compañera tuvieran que vivir lo que vivimos nosotros?». «No dejo de pensar en cómo se sentirían los presentadores o directores de esos programas de televisión si un buen día empezarán a difundir imágenes de su domicilio, día tras día».

Me parece tan hipócrita usted, porque, aunque no utilizó usted sus redes sociales, sí que utilizó usted a compañeros suyos para orquestar un acoso contra mí, y sí que su compañera de usted, Irene Montero, inició un acoso contra mí, entre risas y aplausos. 

Le pongo en antecedentes de la historia.

Hace casi ya tres años, desde el ministerio que dirige su «compañera», como usted la llama, Irene Montero, se filtró el borrador de la ley trans. Con sorpresa yo comprobé que era idéntico en muchas cosas a la Bill c-16 canadiense. Entonces empecé a tocar el tema en redes sociales. Siendo fiel a los principios deontológicos de mi profesión, seguí la máxima «datos, no opiniones». Divulgué noticias publicadas en medios canadienses, entrevisté a farmacéuticos, a psicólogos, a detransiciónadoras, a mujeres trans reasignadas que no estaban de acuerdo con la ley. Todo en un muy modesto perfil de Instagram que no tiene ni 50.000 seguidores. Y repito, siempre con datos, datos y datos. Información. Nunca opiniones. 

No existe ningún tipo de transfobia en enseñar las consecuencias que una ley ha tenido en otros países y el tipo de secuelas que ya está teniendo cierto corpus jurídico en un país como el nuestro. Un país en el que en las cárceles no hay guardias de seguridad con granadas de mano como es el caso de Canadá – por lo tanto, aquí el riesgo de permitir la entrada en prisiones femeninas de violadores es mayor, si cabe. Un país en el que la seguridad social sí se cubre los tratamientos de bloqueo de la pubertad (no es el caso de Canadá).

Jamás, nunca,  jamás en la vida imaginaba que simplemente por pasar datos – y, repito, NUNCA opinión- sucedería lo que sucedió.

El 18 de diciembre de 2020 la asociación COGAM me concedió el Premio ladrillo a la transfoba del año entre gritos de «terf» y «plagiadora». Allí estaba su compañera de usted, aplaudiendo y riéndose. Y hay un vídeo que lo prueba. Un vídeo que prueba cómo Irene Montero aplaudía entre risas lo que supuso el pistoletazo de salida para una campaña de desprestigio y acoso.Un acoso que considero que fue bastante peor que él dice que sufrió, y al que le dedica un libro entero.

A partir de entonces, desde un anillo de cuentas de twitter (una comunidad de cuentas agrupadas por contenidos), que actuaban organizadas, se empezaron a difundir tres bulos sobre mí: 

  1. Yo había plagiado mi libro Mujeres extraordinarias. (Libro publicado en diciembre del 2019, que sigue en venta, y que no ha recibido ninguna denuncia por plagio a día de hoy, mayo del 2022). 
  2. Yo había acosado a una mujer trans y había difundido fotos íntimas de esta persona. 
  3. Yo había iniciado una «campaña de persecución contra las personas trans».

Rápidamente dos amigos íntimos de usted, a los que usted reconoce como tales en el libro, se sumaron a la campaña mediática.  Su amiga Dina Bousselham publicó que «yo había sido condenada por plagio» y que «había iniciado una campaña de persecución a las personas trans». Su amigo Pedro Vallín trabajaba en La Vanguardia y publicó un artículo a toda página dedicado en exclusiva al «mi plagio» y concluyendo que ¡se me había condenado por plagio!

Desde el famoso anillo de cuentas se hizo correr mi dirección. Una de las cuentas, la cuenta principal, aquella alrededor de la cual giraba todo el anillo, durante más de un año estuvo colgando cada día más de 10 tweets contra mi persona. En ellos se me llamaba plagiadora, acosadora y tránsfoba. Un mínimo, repito, de 10 tuits diarios, cada día, que desde esa cuenta se iban redistribuyendo a todo internet.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO:  «La campaña contra Podemos se ha hecho a base de bulos e  informes falsos desde la derecha mediática».

Pues bien, continúo con lo que le estaba contando: de repente empezaron a llegar a todas las redacciones de esos medios a los que usted llama «derecha mediática» unos mails con unas capturas de pantalla. En los mails se aseguraba que yo había plagiado un libro y que «una tuitera» me había denunciado por ello. La tal tuitera, por cierto, había abierto un crowfunding (una recaudación pública de fondos) para iniciar esa demanda penal. Se debió quedar con el dinero, porque efectivamente recaudó casi 3.000 euros, pero jamás me interpuso esa demanda.

Quién enviaba esos mails sabía muy bien que yo no era bien vista en los medios de la derecha (al fin y al cabo, he sido socialista durante muchos años). Por eso, se los enviaban a ellos. Contaban con que no me tenían simpatía y reproducirían el bulo. 

¿Y quién estaba detrás de esos mails? ¿Quién era «la tuitera» que recaudó casi 3.000 euros que debió invertir, imagino y supongo, en la reforma de su casa? 

Pues era alguien muy cercano a usted, increíblemente cercano a usted.

Así que parece que la derecha mediática le molesta a usted o a su círculo… Le molesta, excepto cuando la puede utilizar para joderle la vida a una persona. 

Porque esa derecha mediática se hizo eco del bulo lanzado por ustedes. Y se publicó que se me había denunciado por plagio. Los escritores vivimos del prestigio, y así se me daba en la línea de flotación.

Pero ahí no acaba la cosa.  En mi perfil de Instagram encontraron una foto de mi hija. Y la difundieron con el lema «la hija de la transfobia» y lindezas similares. Como le digo, hicieron correr mi dirección. También pusieron un programa de rastreo en el móvil. Usted  pregunta en el libro cómo se sentiría un periodista  si se hiciera pública su dirección. 

Pues ¿quiere saber cómo se siente? 

No se preocupe, que ya se lo cuento yo. 

Yo tenía auténtico pánico. Vivía aterrorizada. Tendría usted que ver el informe de mi psiquiatra. Náuseas, mareos, vómitos, se me llegó a paralizar un brazo… Estrés, dice el informe médico.  La diferencia con usted es que yo ni siquiera tengo coche y desde luego no me puedo pagar unos escoltas.

Dice usted que las campañas contra Podemos se han hecho a base de bulos y de fake news. Pues la cuenta central del anillo difundió el bulo de que yo había robado unas fotos desnudas de una persona trans y las había distribuido. Se manipuló un vídeo extraído también de mi cuenta de Instagram, para hacer correr el bulo.

Empecé a recibir amenazas. En la cuenta de Instagram, y en el buzón. Luego llegaron las llamadas al telefonillo. Durante noches y noches. Sonaba el telefonillo, yo levantaba el auricular, y siempre lo mismo: terfa, plagiadora, vamos a por ti…

Dice usted en su libro que le habían puesto una cámara en la puerta de casa para ver quién se acercaba… ¡Pues ojalá hubiera podido yo tener esa cámara! ¿Sabe usted que llegaron a marcar, en el panel de interfono, mi piso, bien clarito, en tinta roja, con  la palabra TERFA, para darle ideas a los acosadores?

Y ahí no acaba la cosa, por supuesto. Me intentaron agredir dos veces por la calle. Dos. Al contrario que usted, ya lo he dicho, no tengo escolta. Al contrario que usted, yo no vivo en una zona protegida ni tengo guardias civiles en la puerta de casa. Cuenta usted en su libro que fueron los escoltas los que se dieron cuenta de que había un señor intentando fotografiar a sus hijos. Que detuvieron e identificaron a esa persona. Yo no tengo escolta, señor Iglesias, yo vivo en un barrio normal y corriente. 

La primera vez que un tipo intentó agredirme fue en Tirso de Molina, a plena luz del día, al grito de «terfa», ése grito que supone un señalamiento y que había aplaudido su compañera de usted entre risas, como se ve en el vídeo del acto de COGAM.  La segunda vez que intentaron agredirme fue en el callejón del Doré, cuando intentaba sacar entradas para una sesión de la Filmoteca Nacional. Me venían siguiendo y yo no me había dado ni cuenta. Me pillaron en ese callejón estrecho, que es como una ratonera.  Mi amigo Carlos, que es un tipo alto, se puso en medio – jugándose la integridad-  y gracias a Dios en ese momento llegó otro grupo a comprar las entradas. Y los agresores huyeron como las ratas que eran.

¿Se queja usted de acoso? ¿Dedica todo un libro a ese acoso? ¿Tiene el valor de hacerlo cuando su compañera ha participado en un acoso hacia una mujer que no tiene los medios que ustedes tienen para defenderse ni a sí misma ni a su hija? 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «No pienso someter otra vez a mis hijos a las consecuencias de que su padre tenga responsabilidades políticas».

Se queja de lo que usted llama «acoso a sus hijos». 

Déjeme hablarle de mi hija. Mi hija asiste a un instituto público. Allí, nadie sabía quién era su madre porque se había inscrito con el apellido de su padre. Pero ustedes hicieron correr su foto y, pese a que en la foto llevaba mascarilla, fue fácil reconocerla. Mi hija tuvo que sufrir todo tipo de insultos y cada día tenía que venir a casa acompañada por dos chicos, e ir cambiando de itinerario. También la insultaban por la calle y en el barrio.  Hasta que finalmente entró en tal depresión que perdió diez kilos.

Tengo el informe del psiquiatra – sí, señor Iglesias, de la Sanidad Publica-  que certifica que mi hija sufría una depresión reactiva derivada de un acoso. Y no, no teníamos escolta ni guardaespaldas, como tiene usted. En fin, mi hija perdió ese curso. Suspendió absolutamente todas las asignaturas.  Y, tal y como certifica el psiquiatra que la trató, todo se debió a que vivía en una situación de estrés y miedo. Sus hijos de usted, entretanto, iban en carrito. 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «No puedo sacar a los perros».

Pues mire usted, durante dos años he tenido que sacar a mis perras a las seis de la mañana y cada día recorriendo un itinerario diferente, porque recibía mensajes en los que me decían que sabía por dónde paseaba mis perros y que anduviera con cuidado. De hecho, la primera vez que intentaron agredirme yo estaba, precisamente, paseando a las perras.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Contra nosotros se inició una cacería». 

Pues deje que continúe con la historia.

Bien, finalmente me presenté en comisaría. Y se identificó a la cuenta principal que movía todo aquello. No era una sola cuenta, por supuesto, en realidad había un programa informático que manejaba muchas cuentas bots, cuentas falsas. Pero se identificó al usuario de la cuenta principal del anillo.

Toda esa campaña estaba movida por cinco personas. Una de ellas, oh casualidad, amiga íntima de su compañera de usted, Irene Montero. O al menos, la cuenta teclea desde el domicilio de esta persona. 

El asunto ya está judicializado. Está persona está demandada y el juez ha aceptado a trámite la demanda.  y por eso no puedo decir su nombre, no porque no quiera hacerlo, sino porque soy precavida. 

Por supuesto, su compañera de usted Irene Montero estaba al tanto de todo. Y lo sé porque yo misma me encargué de ponerle al tanto. No pude contactarle directamente. Pero me puse en contacto con muchísimas personas cercanas a Podemos, le escribí notas, le envié mensajes, le rogué que interviniera para que cesara el acoso. Ni caso. Su compañera Irene Montero seguía enviando cariñosísimos mensajes públicos vía Twitter hacia la persona desde cuya casa se organizaba un acoso.

¿Cómo puede usted tener el valor de quejarse de su acoso mientras que, a la vez, desde su partido, desde sus amistades, desde sus medios afines, se promociona el acoso a otras mujeres?

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Las campañas contra Podemos se han hecho a base de bulos y de fake news«.

Gracias a la campaña de bulos que los amigos de su mujer difundieron, y gracias también a las noticias falsas que publicaron su amiga Dina y su amigo Pedro Vallín, me quedé sin trabajo. 

Verá usted, yo he publicado dos libros desde entonces. Pero no han tenido repercusión.

Y es que cuando mi jefa de prensa llamaba a medios se encontraba siempre con un «no». En algún caso le dijeron de forma directa que «no iban a entrevistar a una plagiadora». Los medios que usted controlaba, obviamente, no me iban a dar trabajo. Y la «derecha mediática», como usted la llama, ya había recibido ese mail que había ustedes enviado a todos los medios. Enviado, por cierto, desde casa de la amiga íntima de su compañera.

¿Tiene usted ahora la desfachatez de quejarse de campañas de bulos?

Recuerdo que justo antes de la campaña de bulos que ustedes organizaron, me habían ofrecido trabajar de colaboradora en un medio. Pero las tornas cambiaron. De pronto, la subdirectora del medio dijo que «de ninguna manera trabajaría con esa plagiadora». («La plagiadora» era yo, y la frase es textual).  Nunca me han condenado por plagio pero ¿Importa la verdad cuando han hecho correr un bulo sobre ti?

Recuerdo que, desde Radio Nacional, la radio que yo pago con mis impuestos, una chica le dijo a mi jefa de prensa que no trabajara conmigo, que «le iba a crear mala reputación trabajar con una plagiadora». Se lo dijo la coordinadora del mismo programa donde ¡oh, sorpresa!, ¡oh, casualidad!, trabajaba entonces la persona desde en cuyo domicilio situó la policía la cuenta que había estado moviendo todas las falsas acusaciones contra mí. Sí, hablo de la amiga de su compañera.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «No puedo aceptar que se nos cuestione que hemos sido amenazados de muerte».

En plena campaña de acoso contra mí, hice un vídeo en mi perfil de Instagram.

Me dirigí de forma clara y expresa a la amiga de su compañera, a la amiga de Irene Montero. No dije su nombre, pero ella se dio por aludida. Le pedí que cesara en la campaña. Le dije que mi madre estaba enferma, que se estaba muriendo, (falleció poco después), que a mí me habían diagnosticado un cuadro de estrés agudo… y creo recordar que añadí que a mi hija le habían derivado al hospital Niño Jesús por otro cuadro de estrés. 

¿Sabe que dijo la amiga de Irene en su perfil? Sí, ésa a la que Irene llama en público «reina».

Que me hacía la víctima.

Eso dijo. 

¿De verdad usted no acepta que se cuestione que le amenazaron, pero desde su círculo puede cuestionarse lo que vivía yo? 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Sabían que yo era el candidato de la verdad».

¿Tiene usted la desfachatez de hablar de «periodismo honesto» cuando el panfleto La Última Hora, la hoja parroquial de Podemos, dirigido por su amiga íntima dijo que yo había iniciado una persecución contra las personas trans y que me habían condenado por plagio? ¿De verdad?

¿Tiene usted las narices de hablar de «verdad» cuando desde su círculo se inventan condenas con la mayor tranquilidad? Manda huevos, señor Iglesias.

 Como decía Tagore: La verdad no está de parte de quién grite más, sino de quien la tiene. Y ése no es usted.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Es muy fácil crear un rumor sobre alguien».

Que me lo digan a mí. Que no me voy a quitar nunca de encima el sambenito de plagiadora y tránsfoba que me han colgado ustedes. La diferencia es que a usted los rumores no le han hundido la vida. Recibe sueldo del estado, más lo que le pagan en la universidad, más lo que cobra por el podcast, más su paguita en la SER.

Usted mismo reconoce varias veces en el libro que vive muy bien y que cobra ahora más de lo que cobraba cuando era vicepresidente. (¡Y cobraba 80.000 euros al año!). Usted ha salido de esta historia muy bien colocado. Pero a mí los rumores que han sembrado ustedes casi me hunden.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Contra nosotros usaron todos los elementos del lawfare: bulo, mentira, manipulación. informes falsos «.

Lawfare:  palabro inglés creado para referirse al ataque contra oponentes utilizando indebidamente los procedimientos legales, para dar apariencia de legalidad. Justo lo que ustedes me hicieron a mí.

Porque recibí, creo recordar, cuatro denuncias penales en menos de un año. Y ¿quién era el bufete de abogados que las interponía? Pues no voy a decir el nombre porque les haría publicidad, pero baste decir que ustedes invitaron a los dos socios de ese bufete como ponentes a su fiesta de primavera en Valencia. 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Se limitan a repetir repetir, repetir, repetir en bucle los marcos en los mensajes». 

Eso dice usted sobre «la derecha mediática». Pues mire, exactamente lo que me hicieron a mí.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «A mí me llaman chepudo y rata». 

A mí me llaman ustedes plagiadora, acosadora y terfa

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Con nosotros no hubo solidaridad»

Contra mí ustedes organizaron un acoso.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Vengo de dónde vengo y en mi cultura a los fascistas se les hace frente con todo».

Eso dice usted. El problema es que cuando ustedes señalan a una persona como «fascista», (y fascista es cualquiera que no les baile a ustedes el agua) ya se consideran legitimados para «hacerles frente con todo». Con bulos, con agresiones físicas, con pedradas, con mentiras, con campañas de desprestigio, o con lo que sea menester.

Si yo hubiera sido la única acosada pensaría que pudo deberse a una cuestión personal – y, en gran parte, pienso que se debió a una cuestión personal-  pero no fui la única. La ilustradora Laura Strego fue golpeada en la calle después de que el mismo grupo que me señalaba a mí le señalará también a ella.

Repito: No puede usted quejarse de acoso cuando ustedes han incitado al acoso y derribo de cualquier voz crítica a sus leyes. Y criticar una ley es un derecho democrático, no es transfobia. Personas como ustedes, que impiden el ejercicio democrático de la libertad de expresión solo tienen un nombre: fascistas. Los fascistas son ustedes.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Vengo de dónde vengo» (lo repite usted varias veces).

Pero vamos a contextualizar ese «vengo de dónde vengo».

Y ¿de dónde viene usted? Pues usted es un niñato pijo. Yo nunca he negado que provengo de familia de clase media, pero dejé mi casa a los 18 años y trabajo desde entonces y con el dinero que gané trabajando me pagué no una carrera, sino dos. Mis padres no tuvieron que mantenerme.

Usted se hizo la carrera en la comodidad de su hogar, a cama hecha y mesa puesta, mientras a usted le mantenían en casa. Luego entró a trabajar en la Universidad gracias a los contactos de papá, amigo de José Bono y de Gregorio Peces Barba. No tuvo usted que compartir piso ni buscarse la vida.  No tuvo ni que pagar alquiler.

Le dejaron sus papás la casa de la abuela, 80 metros cuadrados, sitos ni más ni menos que en la «pijolandia» de Vallecas, como la llaman allí, en su ex barrio. La «pijolandia» es esa urba con parking y zonas ajardinadas, un entorno residencial atravesado de calles de poetas y escritores. Que sí, que vivía usted en Vallecas, pero en lo mejorcito de Vallecas y en una casa grande y cuidada.

Entretanto, en la Universidad, se hizo usted su grupito de niños pijos. Las hermanas Serra, hijas de Fernando Serra, que no es precisamente pobre, niñas pijas que lo tenían todo e incluso más. Por tenerlo todo, tenían hasta el signo distintivo de las cayetanas madrileñas: clases de equitación en las escuelas más caras de Madrid. Ramón Espinar, hijo del que fuera alcalde de Leganés entre 1979 y 1983, presidente de la Asamblea de Madrid y más tarde consejero del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Carolina Bescansa, de la dinastía Bescansa- sí, la de los laboratorios-, que vivía en aquel palacete de Galapagar donde ustedes montaban las fiestas antes de contar con chaletaco propio. Errejón, residente nada más y nada menos que en Arauca, el barrio madrileño con mayor renta per cápita de Madrid, e hijo de un TSAE, grupo A de la Administración, de los cuerpos mejor pagados de la función pública. ¡70.000 euros al año ni más ni menos gana el papá de Errejón! 

Ninguno de ellos había trabajado nunca ni había compartido piso. Ninguno de ellos sabe lo que es presentarse a un examen sin haber dormido porque te has pasado la noche poniendo copas para poder pagar el alquiler. Ninguno de ellos sabe lo que es pasarse diez días comiendo pasta porque a día 20 ya no te queda dinero para otra cosa.  Todos ellos vivieron con papá y mamá hasta que dejaron de vivir de sus padres para pasar a vivir de la política. 

¿Por qué a una panda de niñatos pijos les da por erigirse en defensores de una clase obrera a la que no han visto ni en foto y con la que no han interactuado jamás? No sé, cosas del Edipo y la definición por oposición, supongo.  

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Fueron a por mí por ser el hijo y nieto de quien soy».

Y no me venga echando sermones de que su papá era antifranquista y de que usted lo lleva en la sangre.  Durante la dictadura mi hermana estuvo en la LCR, mi padre en Izquierda Democrática y mi hermano en la Liga Trotskista.  Y eso no me hace ni mejor ni peor. La honestidad o la dignidad no se hereda, se la trabaja uno.

Usted vivía, como digo en un endogrupo, en un mini grupo, en una burbujita de hijos de papá jugando a anticapitalistas. Y cuanto más pequeño es el endogrupo menos posibilidades hay de entender lo que pasa fuera. No tiene ni idea de lo que es clase obrera a la que usted pretende defender porque usted nunca ha tenido que currar. No entiende lo que es el problema de la vivienda en España porque vivía muy feliz en la casita heredada de su abuela. No sabe lo que es aguantar a un jefe tiránico porque a usted le colocaron en la universidad los contactos de su padre. Justo como lo cuenta en su libro: usted era muy feliz bebiendo cervezas y saliendo en moto por Madrid. 

Tengo amigas que no han podido pagarse una carrera y han empezado a trabajar a los 18 años en una tienda de ropa para ayudar a sus padres. Tengo amigas que se han pagado la carrera trabajando en Burger King. Yo, como le digo, no vengo de familia pobre, pero puedo alardear de que trabajé desde los 18 años y me pagué desde entonces mi carrera. No nos venga echando sermones, señor Iglesias, ni alardeando de pasado antifascista ni de pureza de sangre.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «La condición básica para poder entrar en La Sexta es que a Ferreras no se le puede criticar».

No, señor Iglesias, no: la condición básica para entrar en La Sexta es no criticar la ley trans. Una persona que haya sido crítica con la ley trans se encuentra con que jamás se le va a permitir hablar en un medio como la Sexta, RNE, Público, El diario, y demás medios afines al gobierno de coalición. No se confunda usted.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Lo cómodo es escribir artículos y encima te pagan por hacerlo y lo duro es estar ahí dando la cara«. 

Como siempre, usted no tiene ni idea de lo que es el mundo real. Muchísimos periodistas de este país no cobran nada, pero nada, por artículo.  A los afortunados que sí cobran, los artículos se los están pagando a 80 o 100 €.

En el improbable caso de que alguien consiga que le paguen 10 artículos al mes y cobre 1000 € al mes le toca pagar 294 de autónomos. Repito: un periodista puede estar cobrando setecientos al mes, si llega a cobrarlos.  La gran mayoría de las periodistas que tienen la edad de usted no pueden sobrevivir, y compaginan ese trabajo con otros. Dan clases, ponen copas y alguna incluso cuida niños.

Sí, a su amigo Maestre le pagan mucho más, por supuesto, pero porque es amigo suyo, de usted.  Y a usted le pagan una salvajada en la SER porque…. No sé, me gustaría que usted me lo explicara. ¿Por qué le pagan a usted mucho, muchísimo más; ¿que a cualquier otro colaborador? Usted mismo reconoce en el libro que gracias a colaboraciones cobra más ahora que cuando era vicepresidente… ¿Me explica, por favor, cómo puede usted cobrar ahora más que cuando era vicepresidente si como presidente cobraba casi 80.000 euros al año?

En cuanto a que «usted ha dado la» cara, ¿qué cara ha dado usted, amén de la cara de cemento armado? La cara la hemos dado mujeres a las que nos han intentado agredir por la calle. No pijazos como usted encastillados en su mansión de Galapagar, con escoltas en casa y guardias civiles en la puerta. 

FRASES TEXTUALES DE SU LIBRO: «Que mis hijos se puedan bañar en la piscina conmigo es un privilegio que me puedo permitir y al que no quiero renunciar. Así de claro». «Mis hijos serán hijos de unos padres con buenos salarios y herencias.» 

¿No eran ustedes los que nos vendieron la moto de que iban a donar la mitad de sus salarios?  

¿No eran ustedes los que nos vendieron que Clemente Montero, mozo de mudanzas, padre de Irene era » la encarnación de la clase trabajadora», como le definían en un artículo?  ¿Me explica usted cómo un mozo de mudanzas le deja a su hija una finca urbana, una finca rústica y un almacén, y además 245.000 euros? ¿Cómo puede ser que Irene Montero haya heredado casi medio millón de euros? 

Nos engañaron como a una turista paraguaya.

Pero no se vayan, que aún hay más…

No explica usted en su libro cómo le dejan a usted a un precio irrisorio un chalet con piscina y parcela de 2.500 metros en Galapagar. ¿Cómo consiguen encontrar esa casa por 600.000 euros cuando su precio, en principio, ronda el millón?

No explican ustedes cómo consiguen una hipoteca en unas condiciones que no habría conseguido ninguna otra pareja de treintañeros del país. No explican ustedes cómo la consiguen precisamente en la Caja de Ingenieros, afín al independentismo catalán. 

Y muchos nos preguntamos ¿cómo consiguieron ustedes una mansión a un precio irrisorio gracias a una hipoteca otorgada en unas condiciones imposibles para cualquier otro ciudadano español? ¿Qué favores les han pagado a ustedes, y quiénes se los han pagado? 

Y, sobre todo, no explican ustedes por qué precisamente eligen ir a vivir a uno de los municipios más ricos de España. A Galapagar, fíjese, el municipio en el puesto número 87 en el ranking de renta bruta declarada de toda España. El número 87 entre más de 8.000 municipios.  

Porque si lo que querían era vivir en el campo tranquilos y retirados del mundanal ruido, como dice usted en el libro, ustedes podrían haber encontrado una casa mucho más grande en Navas del Rey, en Pelayas de la Presa o en San Martín por exactamente la mitad de dinero. No le digo ya en Colmenar de Oreja o Fuentidueña, donde la misma casa con una parcela más grande no llega a 200.00 euros.  Mi impresión es que, acostumbrados a codearse con la burguesía de postín y el pijerio ecofriendly, no querían rodearse de inmigrantes latinos, faltaba más. 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Nosotros hemos venido a defender los derechos de las mujeres y a acabar con la ley mordaza»  

¿Cree usted que defender los derechos de las mujeres es negar su misma existencia?  ¿Cree usted que defender los derechos de las mujeres es que una ministra de Igualdad día que no tiene claro lo que es una mujer?  ¿Cree usted que defender los derechos de las mujeres es negar la existencia de espacios seguros para mujeres? ¿Cree usted que defender los derechos de las mujeres es destinar los 525 millones de presupuesto del Ministerio de Igualdad a la lucha transactivista de forma que en Madrid no hay plazas en las casas de acogida para mujeres maltratadas y Cáritas dice que no da abasto? 

¿Cree usted que los derechos de las mujeres se defienden llamando «basura tránsfoba» a 10.000 mujeres que fueron a reclamar al ministerio de igualdad que Irene les escuchara, porque ni siquiera se dignó a recibir – simplemente a recibir a la Confluencia Feminista?  ¿Cree usted que defender los derechos de las mujeres encontrarse el ocho de marzo con una contramanifestación de casi 30.000 personas y aun así negarse a recibir a las mujeres y escuchar su punto de vista? 

¿Cree usted que defender los derechos de las mujeres es agredir a unas chicas con una navaja porque portaban una pancarta en la que se leía abolición de la prostitución? Porque eso es lo que hizo el equipo de seguridad de Podemos en la manifestación del 8 de marzo. 

Y no se confunda, como dice Chanel: ustedes nunca han representado a la izquierda. Defender la coronación y hormonación de niñas no es izquierda, hacerles el juego a los lobbys farmacéuticos no es izquierda, negar el materialismo marxista no es izquierda, negar la libertad de expresión no es izquierda. Es haberse vendido a unos intereses millonarios, eso es todo 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Lo que marca la diferencia de Irene Montero es su manera insobornable de entender la lealtad»

Lealtad a sus amigos y colegas será, pero no otra cosa. Irene Montero ha traicionado al feminismo que le votó. Bien sabedora de que una ley trans a la canadiense no iba a ser aceptada nunca por la Confluencia Feminista que la apoyó, en campaña nunca mencionó siquiera la intención de sacar adelante dicha ley.  ¿No se pregunta usted por qué es la ministra peor valorada? 

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «No hay derecho a que una persona crea que unas fotos suyas en tetas pueden quedarse en manos de gente sin escrúpulos». 

Aparte de lo poco elegante de referirse a las fotos de una subordinada de usted como «fotos en tetas», precisamente por eso le tenía que haber devuelto usted esas «fotos en tetas» a su propietaria.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Decidí no devolverle a Dina la tarjeta,  actué de forma paternalista sin duda».

No, no actuó usted de forma paternalista.

Cometió usted dos delitos.

Uno: Delito de receptación de bienes robados. Pues deja usted claro en el libro que cuando Asensio le pasa a usted la tarjeta de Dina, usted sabe que la tarjeta es robada,

Dos. Delito de revelación de secretos. Pues deja usted claro en el libro que cuando Asensio le pasa a usted la tarjeta de Dina, le explica que dentro hay fotos íntimas. Y, aun así, usted abre la tarjeta y verifica su contenido. Por eso usted sabe que son «fotos en tetas»,

No ha sido usted juzgado por ello porque Dina ha decidido no denunciarle. Pero usted admite que lo hizo.

Piense, señor Iglesias: Si llega a mí, por casualidad la tarjeta de memoria de, digamos, Sonia Sierra, colaboradora de este medio, y descubro que hay fotos «en tetas» de Sonia, y me quedo con ellas, y no aviso inmediatamente a Sonia… ¿Qué cree que iba a pensar la gente? Pues o bien que yo pretendo chantajear a Sonia o bien que me gusta Sonia y quiero quedarme con sus fotos para oscuros juegos privados.

Ahora imagine que es lo primero que he pensado cuando usted admite en el libro que se quedó con la tarjeta de memoria y no se la devolvió a su legítima propietaria.

FRASE TEXTUAL DE SU LIBRO: «Muchas comprendieron que si nos hacían lo que nos hacían es porque eran más capaces de llegar más lejos que nadie.»  

No, perdone. A mí no me acosaron ustedes porque creían que iba a llegar más lejos que nadie. Yo era y soy una mindundi a la que no sigue casi nadie. Me acosaron porque no toleran la disidencia, porque están imbuidos de un pensamiento endogrupal y sectario en el cual cualquier persona que no piense exactamente como ustedes no tiene derecho a existir. 

¿A ustedes se les presentan radicales fanáticos montándole el numerito a la puerta de casa? Sí, porque ellos piensan exactamente como piensan ustedes y en realidad sus comportamientos, los de ellos y los de ustedes, se reflejan como espejos. Ellos defienden a su grupo y ustedes defienden al suyo. Ellos creen que es legítimo acosar a quien no piense como ellos y ustedes piensan exactamente lo mismo. Pero no es que ellos les teman a ustedes ni piensen que ustedes van a llegar más lejos que nadie. Simplemente se comportan como simios que se pelean con los simios del grupo rival. Pandillas de monos rivales peleando por una banana. 

Si le hubieran aprovechado algo las clases de psicología social en la carrera lo habría entendido usted hace tiempo. 

Pero de su libro he deducido que usted es mucho menos culto de lo que quiere aparentar.

Y desde luego, de su libro he deducido que es usted, básicamente, un ególatra, un mentiroso y un hipócrita. 

VISTO EN THE OBJECTIVE

viernes, 16 de abril de 2021

LAS HERMANAS VAN GOGH TOMAN LA PALABRA

La correspondencia entre Anna, Elisabeth y Willemien, publicada por primera vez, arroja luz sobre las relaciones familiares del pintor


ISABEL FERRER

La Haya - 28 MAR 2021 - 05:15 CEST











Imágenes en el Museo Van Gogh, en Ámsterdam, de las hermanas del pintor, Anna, Willemien y Elisabeth. / MUSEO VAN GOGH EN ÁMSTERDAM/ ARCHIVO TRALBAUT

La vida y distinta suerte de Anna, Elisabeth y Willemien van Gogh, las tres hermanas de Vincent, el famoso pintor neerlandés, ha pasado casi desapercibida debido a la potencia arrolladora del legado fraterno. Aunque el artista dependió económicamente de su hermano Theo, que siempre dijo que su obra sería reconocida, y así ocurrió a su muerte. Mucho antes de que su firma bastara para valer millones, sus cuadros sirvieron para auxiliar a Willemien, la pequeña de las tres. Los problemas mentales afectaron a varios miembros de la familia, y la venta de parte de los 17 cuadros que ella tenía en casa permitió sufragar su ingreso en 1902 en un centro especializado, donde estuvo 39 años internada. En cierto modo, fue como si Vincent (1853-1890) hubiera conseguido al fin devolver la ayuda que él recibió en vida.

El síndrome de abstinencia del alcohol provocó psicosis a Van Gogh

Gracias al estudio de las 900 cartas conservadas de Vincent van Gogh parece saberse casi todo del artista. Menos conocida es la correspondencia entre sus hermanas, formada por centenares de misivas guardadas en el archivo del museo del pintor, en Ámsterdam. Al estar escritas en lengua neerlandesa no han despertado el interés internacional de las de su hermano, que se expresaba también en inglés y francés, pero muestran a unas mujeres con personalidad propia marcada por las convenciones sociales y el paso del siglo XIX al XX. En una de ellas Anna, la mayor, que mantuvo una relación distante con Vincent, admite en 1909 su asombro ante el precio obtenido por la venta de uno de sus lienzos para pagar los cuidados de Willemien. Se lo dice a su cuñada, Jo Bonger, viuda de Theo van Gogh, con estas palabras: “Vaya cifra. Quién podía imaginar que Vincent contribuiría de esa forma al sostén económico de Wil [el apodo familiar de la pequeña]. Theo siempre dijo que esto pasaría, pero qué sorpresa”, escribe. Le dieron por la pintura 600 florines de la época, unos 6.800 euros de 2016, según cálculos del International Institute of Social History, de Ámsterdam. Muy lejos todavía de los 13 millones de euros pagados en París este jueves en una subasta de Sotheby’s por Scène de rue à Montmartre (Escena callejera en Montmartre).

Willemien nació en 1862 y murió en 1941, y su destino parecía sellado: se ocupó de sus padres y hubiera podido hacer carrera como enfermera, pero quería darle un toque religioso a su trabajo social. Lo mismo que hacía Vincent cuando intentó ser predicador, y tal y como reflejó luego en sus cuadros sobre la dureza de la vida campesina. La joven estudió Religión y dio clases en una escuela, y en el mejor momento de su vida, fue alabada en público por su buen trabajo en la comisión ejecutiva de la Exposición Nacional del Trabajo de la Mujer. Celebrada en 1898, en La Haya, coincidió con la coronación de la reina Guillermina, bisabuela de Guillermo, el rey actual. El bajón llegó poco después, en 1902: Willemien tenía 40 años e ingresó en el centro para dolencias mentales donde acabó sus días, a los 79.















'Recuerdo del jardín de Etten' (1888), vendido para pagar el tratamiento de la hermana de Van Gogh.MUSEO ESTATAL HERMITAGE/ SAN PETESBURGO

Las cartas han sido analizadas por el historiador del arte neerlandés Willem-Jan Verlinden en su libro De zussen Van Gogh (Las hermanas Van Gogh), cuya traducción al inglés será publicada este abril por Thames & Hudson en el Reino Unido y Estados Unidos. Las considera un tesoro porque las hermanas habían estado eclipsadas. “Son unas mujeres muy interesantes que en cierto modo no encajaron al estar sujetas al qué dirán”, según explica, en conversación telefónica. En su opinión, Vincent y Willemien fueron pioneros en el enfoque social de su labor y, además, ambos escribían y tenían dotes artísticas. También defiende que tenemos una imagen equivocada de esta familia. “En realidad, el padre era un pastor protestante liberal y junto con su esposa, Anna Cornelia Carbentus, educó a todos sus hijos para que pudieran valerse por sí mismos”. Sí es verdad que los problemas del pintor “les abrumaron y restaban autoridad al progenitor con su congregación”, añade.
















Carta escrita por Elisabeth, la hermana de Van Gogh.COLECCIÓN PRIVADA

Verlinden recupera también la biografía de Elisabeth, la segunda hermana, nacida en 1859, que es un ejemplo de todo lo que pudo ir bien y acabó malográndose por culpa de las presiones sociales. Obtuvo el diploma de maestra, pero aceptó ser la dama de compañía de una señora de buena familia que estaba enferma y tenía cuatro hijos. Elisabeth y Jean Philippe, el marido de su patrona, acabaron enamorándose y tuvieron una hija a la que llamaron Hubertine.

El drama de Elisabeth

Para evitar habladurías, Elisabeth dio a luz en Francia, pusieron a la niña el apellido Van Gogh y la dejaron con una viuda que recibía por ello un estipendio. Nunca vivió con sus padres, a pesar de que se casaron cuando él enviudó y tuvieron otros cuatro hijos. Su madre quiso adoptarla, pero el padre prefirió no arriesgarse a las murmuraciones. Hubertine tenía 35 años cuando, en 1922, Elisabeth le propuso regresar a Países Bajos; demasiado tarde. Su existencia fue descubierta por un periodista francés en los años sesenta porque vendía postales de puerta en puerta diciendo que era sobrina del pintor. Aunque recibió ayuda de la familia holandesa a partir de entonces, murió sola a los 83 años.

La más independiente, a la vez que responsable con su familia, fue Anna, la hermana mayor, que vino al mundo en 1855. Dio clases de inglés y francés y ejerció en una escuela privada en Welwyn (Reino Unido). Se ocupó de los suyos a la muerte del padre y llevó a Willemien al hospital mental, donde la visitaba. Casada y con dos hijos, Anna admiraba el trabajo del pintor, pero decía que él no le gustaba porque les humillaba con su actitud. Sin embargo, cuando Vincent ya había fallecido, ella invitaba a expertos a su hogar para que le explicaran su obra pictórica. Según Verlinden, era su forma de compensar la difícil relación que tuvieron.