domingo, 7 de abril de 2019

LOS NOMBRES ILUSTRES

(...) ¿Por qué “los hombres poderosos disfrutan a menudo, en casos de abuso sexual, violencia de género, feminicidio…, de una simpatía desproporcionada”, mientras que sus víctimas apenas suscitan compasión?, se preguntaba la filósofa estadounidense Kate Manne a propósito del juez Brett Kavanaugh, nombrado para el Tribunal Supremo a pesar de haber sido acusado de violación; e inventaba para ello un neologismo: himpathy, combinación de sympathy y de him (él). La respuesta, sin duda, está nuevamente en la cultura. Pues la dominación de unos grupos sobre otros no se mantiene solo mediante mecanismos coercitivos, sino a través de películas, revistas, anuncios… que embellecen ese estado de cosas, al presentarnos a los dominantes como seres atractivos (genios, héroes, protagonistas), merecedores del poder que tienen, y a las y los dominados como personas insignificantes o simplemente invisibles.
Películas, revistas, anuncios… y nombres de aeropuerto. El ciudadano Ricardo Reyes, más conocido como Pablo Neruda, cometió un delito que condenan todas las legislaciones del mundo. Él sin embargo no fue condenado, ni siquiera enjuiciado. ¿Por qué? Obviamente, porque era varón, blanco, occidental, de clase media, y su víctima una mujer pobre, tamil y paria. Porque él ha conquistado nuestra simpatía mediante sus poemas, su autobiografía, su protagonismo social, preparado y hecho posible por el que tienen a priori los grupos privilegiados. Ella es más difícil que suscite nuestra solidaridad, porque no conocemos su versión, no la escuchamos, no la miramos a los ojos. Por eso, increíblemente, al debatir este caso, uno y otro bando hablan solo de Neruda: ¿mala persona, buen poeta?..., sin que nadie se haga preguntas sobre ella: ¿perdió, con la violación, su virginidad, y con ella las posibilidades de casarse? ¿Quedó embarazada? ¿Dedicó el resto de su vida a cuidar y alimentar a un hijo que no había querido tener? ¿Intentó abortar? ¿Murió desangrada?... ¿Nos importa?… A la impunidad judicial que disfrutó el que quizá le destrozó la vida, algunos nos piden ahora que añadamos la impunidad social; es más: que aplaudamos y ensalcemos a un violador confeso, dando su nombre a un aeropuerto. ¿No es una manera de decirnos que hay personas dignas de consideración y otras que no cuentan, unas importantes y otras desechables?... Estoy segura de que no querrán transmitir ese mensaje quienes sea que tienen que decidir el nombre del aeropuerto de Santiago.
Laura Freixas es escritora.

No hay comentarios: