jueves, 30 de junio de 2022

INSTRUCCIONES PARA CREAR UNA SECTA

 «El famoso colectivo abecedario se comporta como una secta política, como un grupo ensimismado en una alucinación auto-designada»


Ha sucedido esta semana. Hoy, el día en el que escribo este artículo, 27 de junio, el Consejo de Ministras ha aprobado la ‘ley trans’. Anteayer Jedet, una actriz y cantante transexual, ídolo de masas entre la juventud juvenil, con cientos de miles de seguidores en Instagram, criticaba en un programa de televisión a Irene Montero. Estaba previsto que el viernes 1 de julio Jedet estuviera en Granada para dar el pregón. Pero a partir de las manifestaciones de Jedet, el Ayuntamiento de Granada comienza a eliminar toda publicidad en redes. Poco después Jedet anuncia que no dará el pregón de Granada.
En fin, esto me lleva a reflexionar no sobre la infame ‘ley trans’, sobre la que ya he escrito un artículo, sino sobre la colectivización de los sentimientos y la conversión de un partido político en una secta. 

Sectarismo político para ‘dummies’

Imaginen que ustedes son los líderes de un partido de izquierdas, unos niñates formados en la facultad de políticas, que apenas se han relacionado con casi nadie fuera de su burbuja autocomplaciente y que han prometido que en cuanto llegue al poder van a acabar con la casta, a traer la justicia social al pueblo y a ayudar a los más desfavorecidos. 
Ahora le hablo a usted, lector. Imagine usted que llega al poder y resulta que no tiene usted la más mínima experiencia en gestión, ni tampoco mucha idea de economía, que además se empieza a descubrir que la casta era usted, y que ni usted ni nadie en su corte de admiradores proviene de clase obrera ni de nada remotamente parecido  y que solo han visto obreros dibujados en las portadas de sus manuales de sociología del trabajo y sus ediciones argentinas de El Capital.
No se asuste. 
Puede usted salvar los muebles, el carguito, la paguita y la poltrona. 
Tan simple como poner en práctica las enseñanzas de la psicología social.
Repasemos algunos de los experimentos más importantes que aparecían en su manual de psicología social en la carrera de políticas.

El experimento de la cueva de los ladrones 

(De Muzafer Sherif y Carolyn Sherif, año 1954) 
Objetivo: Detectar cómo se crean los prejuicios y cargas ideológicas. Muy útil para usted pues le enseña a crear artificialmente una situación «ellos contra nosotros».
Método: Se seleccionó a dos grupos de niños (24 niños en total, 12 niños por grupo) de entre 10 y 11 años de edad sin antecedentes de conflictividad, provenientes de familias estables y con una infancia sin traumas. Ninguno de los integrantes de ambos grupos se conocía entre sí, ni siquiera se habían cruzado nunca. Se llevó a los niños a un campamento en el Parque Natural de la Cueva de los Ladrones. Los tutores dividieron de manera totalmente aleatoria a los niños en dos grupos, denominados Grupo A y Grupo B.
En la primera fase del experimento, se alentó el sentimiento de pertenencia al grupo o sentimiento identitario mediante actividades conjuntas que afianzaran las relaciones interpersonales: la natación, el senderismo o la búsqueda de madera para las fogatas).  Los grupos eligieron nombres (las águilas y las serpientes de cascabel), y cada grupo desarrolló sus propias normas y jerarquías grupales. Cada grupo eligió un color de pañuelo y una bandera. Los grupos iban uniformados. Los investigadores informaron a cada grupo de que en el campamento había otro grupo, y les alertaron sobre ellos: eran desorganizados, eran vagos, eran sucios.
En la segunda etapa del experimento los profesores introducían elementos o situaciones de fricción entre los dos grupos participantes: un torneo competitivo entre los grupos, consistente en juegos como béisbol y tira y afloja, en el que los ganadores recibirían premios y un trofeo. La hostilidad entre los grupos se incrementó de tal manera que hubo que frenar el experimento porque los grupos se atacaron entre sí.
Conclusiones:  Los profesores quedaron abrumados ante la facilidad con la que los grupos llegaron a crear un sentimiento de odio hacia el otro grupo, y la rapidez con la que se llegó al enfrentamiento físico. ¿Y cómo se había conseguido esto? Un nombre diferente, una bandera y un uniforme para cada grupo. Actividades comunes para inculcar el sentimiento de pertenencia. Hábleles mal del grupo contrario. Póngales a competir por un premio y.… ¡voila!: la bronca está asegurada. 

El experimento de Milgram 

(Stanley Milgram  1961)
Objetivo: Medir la disposición de un participante para obedecer las órdenes de una autoridad, incluso cuando estas órdenes pudieran o suponer un conflicto con su sistema de valores y su conciencia.
Método: Milgram reclutó a un total de 40 sujetos a través anuncio en el periódico en el cual se les invitaba a formar parte de un experimento sobre «memoria y aprendizaje» Se les aseguró a los participantes que se les pagaría una suma de dinero asegurándole que conservaran el pago «independientemente de lo que pasará después de su llegada». Se les hizo saber que para el experimento hacían falta tres personas: el investigador, el maestro y el alumno. A los voluntarios siempre se les asignaba mediante un falso sorteo el papel de maestro. Tanto maestro como alumno actuaban en habitaciones diferentes pero conjuntas.
Al alumno se le ataba a una silla y se le colocaban electrodos. Al maestro se le colocaba frente a un generador de descarga eléctrica con treinta interruptores que regulaban la intensidad de la descarga. Había unas etiquetas que indicaban la intensidad de la descarga (moderado, fuerte, peligro, descarga grave y peligro de muerte). Al sujeto reclutado o maestro se le pedía que enseñara pares de palabras al aprendiz. Se le decía que el alumno debía ser castigado si se equivocaba aplicándole una descarga eléctrica, que sería 15 voltios más potente tras cada error. Cuando el alumno recibía la descarga, gritaba lastimosamente, gritos que se incrementaban y se hacían más quejumbrosos si la descarga aumentaba. Si el maestro se negaba a aplicar la descarga el investigador le respondía: «el experimento necesita que usted siga», «es absolutamente esencial que continúe», «usted no tiene otra opción, debe continuar». Y en caso de que el sujeto preguntara quién era responsable si algo le pasaba al alumno, el experimentador se limitaba a contestar que él – el investigador- era el responsable.
Los cuarenta sujetos obedecieron hasta los 300 voltios mientras que 25 de los 40 sujetos siguieron aplicando descargas hasta el nivel máximo de 450 voltios. Esto revela que el 65% de los sujetos llegó hasta el final, inclusive cuando en algunas grabaciones el sujeto se quejaba de tener problemas cardíacos. Es decir, si las descargas hubieran sido reales, el 65% de los sujetos hubieran matado a otra persona, solo porque obedecían a una autoridad. En realidad, las descargas eran falsas, y los alaridos eran grabaciones.  El «aprendiz» era un cómplice del investigador. 
Ninguno de los participantes que se negaron a administrar las descargas eléctricas finales solicitaron que acabara el experimento ni acudieron al otro cuarto a revisar el estado de salud del estudiante. Nadie, nadie ayudó a la victima.
Conclusiones: 
A) Cuando el sujeto obedece los dictados de la autoridad, su conciencia deja de trabajar y se desencadena una abdicación de la responsabilidad.
B) Los sujetos son más obedientes cuanto menos conocen a la víctima.
C) El concepto de obediencia debida. El 65% de nosotros obedecemos ciegamente a lo que entendemos por autoridad, y no cuestionamos las decisiones que vienen de arriba.

El experimento de la cárcel de Stanford

(Philip Zimbardo, 1971) 
Objetivo: Similar al de Milgram. Averiguar hasta qué punto una persona normal y corriente puede cambiar su comportamiento en una situación extrema.
Método: Mediante un anuncio en un periódico local solicitaba voluntarios para un estudio sobre los efectos psicológicos de la vida en prisión. Se reclutan a 24 hombres todo ellos estudiantes universitarios. Muy importante es resaltar que se seleccionó a individuos que respondieron en un cuestionario «sí» a la pregunta «¿se siente usted pacifista?». Se lanzó una moneda al aire para dividir al grupo entre carceleros y reclusos. Nada más llegar a la cárcel, se desnudó a los presos, se les vistió con un uniforme, y se le puso una correa al tobillo, como la antigua bola de los presidiarios.
A la mañana del segundo día se produjo una rebelión entre los reclusos, que hicieron barricadas en las celdas colocando las camas contra la puerta. Los reclusos se despojaron de los gorros y el uniforme, pero no pudieron quitarse la bola. 
Los carceleros usaron todo tipo de estrategias para hacerse con el control de la situación: rociaron a los prisioneros con un extintor, castigaron a los cabecillas de la rebelión desnudándolos y quitándoles la comida, se comportaron como auténticos sádicos. Al quinto día hubo que cancelar el experimento porque se temía por la vida de alguno de los presos. Zimbardo reconoció que algunos guardias trataron de cambiar el sistema. Posteriormente, él investigó el tema de los «héroes», aquellos que no sucumben al sistema
Conclusiones: El poder corrompe. Aunque no a todos.  Y las personalidades individuales se diluyen cuando se crea una situación «nosotros contra ellos. Algo que ya sabíamos.
 

Experimentos del Paradigma de grupo   

Tajfel, Billig, Bundy y Flament, (1971) 
A 48 jóvenes se les pide que elijan entre dos cuadros cuál es su favorito. Los psicólogos los reparten en dos grupos y le dicen a cada uno que están en el grupo que coincide con su preferencia estética. Esto es completamente falso, se les ha mezclado de forma aleatoria. En otros experimentos se hace de forma similar. Los sujetos se dividían de manera arbitraria en dos grupos en base a criterios irrelevantes y sin que los miembros de los grupos se conocieran entre sí. Por ejemplo, se les divide según les guste el azul o el verde.
Conclusiones. En los experimentos se observó que el simple hecho de ser parte de un grupo, aunque el grupo se hubiera formado de forma aleatoria y arbitraria, resultó ser suficiente para que los sujetos dieran recompensas a los de su propio grupo y en perjuicio de los miembros del otro grupo. Si alguien se identifica con un grupo, apoyará a su grupo, y nunca al que siente como contrario. Creará un prejuicio respecto a cualquier persona que le presenten como «ellos»
Este refuerzo del prejuicio se relaciona con la autoestima: si tienes en gran estima a tu grupo, de alguna manera estás incrementando tu propia autoestima. Por eso, a mayor prejuicio, mayor incremento de la autoestima en personas que no la tienen. 
Y ¿de dónde vienen estos comportamientos?
¿De dónde viene nuestra tendencia a favorecer al grupo, a odiar al grupo contrario, a abusar del poder y a obedecer ciegamente a la autoridad? 
Está inscrito en nuestros genes
Los humanos descendemos de los simios. En cierto modo, todos somos simios un poquito evolucionados. Y los primates funcionan en grupos. En esos grupos siempre hay un líder al que se le debe obediencia. Esto es una estrategia de supervivencia porque si se acerca un león o un cazador hay más posibilidades de que el grupo sobreviva si no se dispersa; por lo tanto, hay que seguir siempre a un líder. La supervivencia depende también de la pertenencia al grupo: un primate no sobrevive solo. Y de la defensa de un territorio frente a cualquier grupo rival de primates que intente ocuparlo.
Por eso los primates se enfrentan en peleas entre grupos reales que ponen en riesgo su integridad y hasta su propia vida. Todo indica que el carácter cooperativo que muestran los primates de una comunidad cuando es imprescindible defender su territorio de invasores o agresores es el germen de nuestra tendencia innata (repito: innata) a reaccionar defendiendo al grupo que entendemos como nuestro frente al grupo que entendemos como ajeno, y el de nuestra tendencia también innata (repito: innata) a obedecer a quien entendemos como autoridad o a abusar de la autoridad si nos la conceden de forma arbitraria.

Instrucciones para crear una secta 

Recordemos que es usted un líder que se ve incapaz de cumplir las promesas que hizo a su electorado, pero que no quiere perder ni su sueldo ni su poltrona ni su posición de poder. Pongamos pues en práctica las enseñanzas de los psicólogos sociales: Colectivice, interseccionalice, amplíe el sujeto de la causa y exija obediencia debida.
1. Colectivice
En primer lugar, busque una causa para intentar un «nosotros contra ellos». Busque una causa en la que más o menos todo el mundo esté de acuerdo. 
Este… a ver, por ejemplo… ¿Los derechos de los homosexuales y las lesbianas? Sí, ILGA, la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex)  nos avisa de que España es uno de los países más gay friendly del mundo y en los que los ciudadanos respetan más a las personas con orientaciones sexuales diversas. Fantástico, me viene bien, la causa está de moda y ya sería difícil encontrar a alguien que se oponga, cuando hasta Rocío Monasterio se hace vídeos paseando por Chueca de charleta con un chico gay muy mono.  
Recuerde que se llaman a sí mismos «colectivo» porque colectivizan los sentimientos. Insista en que se mencione la palabra «colectivo» en cualquier discurso.
2. Interseccionalice
Pero los homosexuales y lesbianas apenas representan al 10% de la población, así que necesita usted ampliar el sujeto de la causa.
Sáquese entonces de la chistera la palabra interseccionalidad. «La interseccionalidad es un enfoque que subraya que el sexo, el género, la etnia, la clase o la orientación sexual, como otras categorías, están interrelacionadas», o eso le dice la Wikipedia. ​ Ya tiene usted la oportunidad de juntar en un mismo saco a todas las causas de los oprimidos. Perdón, oprimides.
Así que para usted el feminismo y la causa gay están íntimamente relacionados. No vale que las feministas de toda la vida le adviertan de que las luchas de los derechos homosexuales y las de los derechos de las mujeres, por bien que puedan coincidir en algunos puntos, son diferentes. Usted lo mezcla todo: antirracismo, feminismo, derechos de los homosexuales y lesbianas, veganismo y especismo.
3. Amplíe usted aún más el sujeto de la causa
Pero es que eso de los derechos de los homosexuales y lesbianas también se le queda corto, así que ….  Ya no será el «orgullo gay» sino el orgullo LGTBIQ+.
Pero, ¿qué coño significa LGTBIQ+? 
Seguro que usted sabe lo que significan las siglas LGBTIQ+. Lesbianas gays bisexuales transexuales Pero… ¿El resto?
¿La I?  La I se refiere a la intersexualidad, una condición genética que solo padecen el 0,0018% de las personas en el mundo, (vamos, nadie que usted conozca, en realidad) pero usted va a intentar ampliar esa historia y meter a más gente. Usted va a decir que hay más intersexuales que pelirrojos. Dato falso, por cierto. Pero ya dijo un propagandista muy famoso de cuyo nombre no queremos acordarnos que cualquier mentira repetida acaba por convertirse en verdad. Usted va a meter en el saco de la heterosexualidad a condiciones como la microsomía, por ejemplo, que nada tienen que ver con la intersexualidad. Total, las personas a las que se dirige usted prácticamente no leen, poco menos van a estar versados en genética. 
¿La Q? La q significa queer. Veamos que nos dicen dos sociólogos mexicanos , Carlos Fonseca Hernández y  María Luisa Quintero Soto : «La Teoría Queer es la elaboración teórica de la disidencia sexual y la de-construcción de las identidades estigmatizadas, que a través de la resignificación del insulto consigue reafirmar que la opción sexual distinta es un derecho humano. Las sexualidades periféricas son todas aquellas que se alejan del círculo imaginario de la sexualidad «normal» y que ejercen su derecho a proclamar su existencia». 
Es decir, que ser queer es ser disidente sexual. Este término es tan amplio como para que uno piense que Fernando Sánchez Dragó o Antonio Escohotado podrían ser queers. Y sí, podrían serlo perfectamente porque su sexualidad ha transcurrido siempre en los márgenes de lo que se considera la sexualidad normativamente aceptable. Sánchez Dragó nos cuenta historias de tríos con menores y poliamor. De Escohotado hay tantas historias que no me cabrían en un artículo y la gente ya se queja de que mis artículos son largos así que confíen en mi palabra: Sí, Escohotado era queer.
¿El signo +?  Se refiere a asexuales y pansexuales. Asexual todo el mundo entiende lo que es. Pansexualidad es » la atracción sexual, romántica o emocional hacia otras personas independientemente de su sexo o identidad de género».
En fin… que es casi imposible que usted no se pueda identificar en alguna de las siglas LGTBIQ+ excepto que se haya casado usted con su novia del instituto, le haya sido profundamente fiel, y nunca, en ninguna ocasión, haya fantaseado con un trío, o con mantener una historia con alguien de su mismo sexo, ni tampoco haya sentido atracción emocional hacia un amigo o una amiga íntima.
Tras esta sucinta explicación de lo que significan las siglas entenderán ustedes la razón de que en el último orgullo gay al que asistí me encontré con muchos más heterosexuales que lesbianas.
4. Exija obediencia debida. 
Es decir, tiene usted que dar órdenes arbitrarias y probar que sus acólitos le obedecerán ciegamente. Si han leído ustedes mi anterior artículo sobre el pensamiento sectario ya sabrán que una de las características de las sectas es la de ofrecer una visión deformada de la realidad.
Esto es importante porque las sectas tienen que atacar lo que en psicología llamamos el core belief.
Vamos a explicar esto.
Imaginemos que Carlos conoce a Clara  y se enamoran profundamente. Carlos es ateo y Clara es devotamente religiosa y católica. Carlos le dice que eso no importa, que él nunca se va a inmiscuir en su religión. Ella solo le pide que si se casan pueden educar en la religión católica a sus hijos. Se casan, tienen hijos. Una vez él está seguro de que Clara no se puede divorciar, puesto que es católica, Carlos empieza a atacar a su creencia central. Su core belief.  Su creencia central es el catolicismo y la familia. Cada día, cada hora, Carlos va minando las creencias de Clara, como la gotita que acaba por horadar la piedra en la que cae. Cada día hay un nuevo ataque sutil contra la religión católica, y contra la familia de Clara. Aquí pueden suceder dos cosas:  la primera es que Clara le deje y la segunda que Clara acabe renegando de su religión y de su familia. Sí sucede lo segundo, Clara habrá perdido su centro, su sentido del yo, y su apoyo emocional de forma que será mucho más dependiente de Carlos.
A gran escala esto se hace en la secta cuando se le pide a los fieles que den por hecho una verdad que choca con su sentido de la realidad. A los fundamentalistas de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días se les exige que acepten la poligamia y por ejemplo concertados por el profeta. En realidad, la Iglesia de Santos de los últimos Días no acepta la poligamia ni los matrimonios impuestos, por eso los fundamentalistas son una escisión, una secta). 
Para algún tipo de secta fundamentalista católica implicaba usar el cilicio, aunque la iglesia católica nunca haya pedido a sus fieles que lo usen. En conclusión: cada secta te pedirá que aceptes una verdad difícil de aceptar y que renuncies a tus propias creencias centrales. 
Por eso «secta» y «sectarismo» son palabras que empleamos para referirnos a políticas teóricamente revolucionarias pero transidas por utopías exageradas e ideas delirantes. Ideas que atacan al core belief, al conjunto de ideas centrales de sus fieles.
La secta LGTBIQ+ te exige que renuncies a la idea de que el sexo es binario, y al hecho científico de que las células tienen sexo y de que el sexo es inmutable. Ya puestos, te exigirá también que creas que hay lesbianas con pene. Cualquier disidencia respecto a esta creencia te puede acarrear un castigo. Y, por supuesto, la expulsión de la secta.
Así que ya lo tiene.
Ya tiene usted montado un «nosotros» contra ellos. 
En este caso «nosotros» serán el colectivo LGTBIQ+ (en adelante, y para entendernos, el colectivo abecedario) y ellos serán «la ultraderecha». 
Y, ¿qué es la ultraderecha?
Pues, como diría Bécquer… ¡la ultraderecha eres tú! 
Ultraderecha es cualquiera que no nos baile el agua. Ultraderecha implica a comunistas como el Frente Obrero de Valencia, a socialistas como Elena Valenciano, a feministas de toda la vida como Juana gallego, Paula Fraga, Laura redondo, Amelia Valcárcel, o yo misma. A todos nos llaman ultraderecha. Obvia decir que también a PP y a Ciudadanos. Y a Vox, por supuesto. Ultraderecha se aplica a cualquiera que no se acerque a lo que usted piense.
Pero si eso no le vale, también puede utilizar la palabra «terfa». Esa es la dirige usted exclusivamente a las mujeres que no comulgan con su discurso.
Felicidades: ¡ha creado usted una secta! 
Por lo tanto, el famoso colectivo abecedario se comporta como una secta política, como un grupo ensimismado en una alucinación auto-designada, convencides de que la misión en la vida es la salvación de los oprimides. La misma misión, casualmente, que acometió Jesucristo, solo que Jesucristo no usaba lenguaje inclusivo. ¡Que no se diga que no apuntan alto!
El arcano de la secta/colectivo está plagado de afirmaciones uniformes e inmodificables, eximidas de refutación por la argumentación o la realidad. 
Por ejemplo:
– «El sexo se asigna al nacer» (pero el sexo se conoce desde el primer día de la concepción del embrión y por eso en las fecundaciones in vitro se sabe cuántos embriones hembra y cuántos embriones varones se han concebido, horas después de la fecundación)
– «Hay lesbianas con pene» (pero la orientación sexual se define por el sexo y las lesbianas son mujeres atraídas por otras mujeres de su mismo sexo) 
– «Si me siento mujer soy una mujer» (pero la realidad material existe y el hecho de que yo me sienta mucho más joven de lo que soy no me convierte inmediatamente en una chica de 40 años, tampoco el sentirse mujer te convierte de facto en una)
– «Mi identidad no está sujeta a debate» (pero utilizaremos este axioma para negarnos a debatir sobre la ‘ley trans’ y cargarnos de un plumazo el principio de que en España cualquier ley es susceptible de debate o alegaciones).
Enarbolando su una identidad inmaculada, la secta encuentra sus enemigos declarados en los grupos ideológicos más próximos: en este caso su enemigo es cualquiera que no esté dentro de la secta y que pasa a considerarse inmediatamente «terf» o «ultraderecha». No importa si se caen en contradicciones flagrantes cómo llamar homófoba a una lesbiana como Ángeles Álvarez (ex diputada socialista) o tránsfoba a una mujer transexual como Jedet. Se odia mucho más al disidente que al opresor.
Esta dialéctica de la diferenciación está muy bien retratada en la película de Monty Python La vida de Brian (1979), en la que una organización compuesta por cuatro militantes, el Frente del Pueblo de Judea, reprocha a uno de sus ex militantes el haberse separado del grupo para fundar el unipersonal Frente Popular de Judea. Cuando Brian quiere unirse a algún grupo para luchar contra la opresión romana, los activistas del Frente del Pueblo de Judea le advierten «Nosotros somos el Frente del Pueblo de Judea. (…) A los únicos que odiamos más que a los romanos es al puto Frente Popular de Judea». Es por ello que la secta LGTBIQ+ no se suele manifestar en las sedes de Vox, por ejemplo, sino que acuden a reventar las manifestaciones de las feministas que fueron hasta hace poco sus aliadas. 
De la misma manera en la película hay un hombre que se quiere proclamar mujer. 
En 1979 los Monty Python ya sabían perfectamente lo que iba a pasar.
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 En fin, es por esto que nos hemos encontrado con delirios como que Jedet no haya podido dar el pregón del orgullo en Granada porque de repente se ha considerado que una mujer transexual como Jedet es una tránsfoba. Y es que en las sectas el grupo deviene especulativo, y basa su posición en la ostentación de sapiencia teórica de la que se derivan imposiciones completamente deliradas. Es decir, te comen la cabeza con una teoría incomprensible que acaba derivando en despropósitos como la ‘ley trans’ de Montero. Y no podemos quejarnos porque en los grupos sectarios no hay debate. El discutidor es un traidor. Un disidente, un hereje. Por eso, la ley prevé sanciones para cualquiera que discuta sus términos. 

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